lunes, 16 de diciembre de 2013

Puro teatro


“Contigo y con el teatro me pasó como a Romeo, lo arriesgué todo, me jugué la vida. Con el teatro gané mil vidas, contigo perdí una: la mía. Pero gracias al teatro resucito cada noche...
Con el teatro y contigo me pasó como a Romeo, fue todo una mentira, una farsa verdadera. Pero hay una diferencia; con el teatro sigo, porque para mí el teatro es puro amor y lo tuyo es… puro teatro”

                               

El intérprete. Asier Etxendia

Era un sábado de finales de julio y caminar por la ciudad a mitad mañana era una proeza comparable a hacer el París Dakar en triciclo o cruzar a nado el canal de la Mancha.
El asfalto se derretía al andar y el aire en la cara, era como si alguien hubiera puesto en marcha un secador de 5.000 W encima de la ciudad. Como pudimos, pasamos el día en remojo en una de ésas piscinas comunitarias, que son como auténticos oasis urbanos en Madrid.





Y lentamente fue llegando la tarde y el sol nos concedió una tregua. La tarde dio paso al suave atardecer y poco a poco fuimos recuperando fuerzas. Al esconderse el sol nos sentimos cargados de energía, nos pusimos guapos y nos lanzamos a la calle.
Donde hacía unas horas parecía que no había atisbo de vida humana, fueron brotando terrazas por toda la calle Argumosa de Lavapiés y por medio Madrid.

Sentía ese escalofrío que tengo siempre que voy al Teatro Circo Price, porque sé que algo emocionante va a pasar, algo que me dejará un retrogusto fabuloso durante varios días.
Y así fue. Presenciar El intérprete, de Asier Etxendia fue un festival de colores para eso que llaman “emociones estéticas”. Qué grande está el tío narrando su vida a través de las canciones que escuchaba desde su cuarto cuando era pequeño: allí sonaban discos que ponían sus padres de Chabela Vargas o Lucho Gatica y los que ponía él de David Bowie o los Rolling Stones, y el tío bestia las interpreta con su voz rasgada atreviéndose con todo.
No teníamos ni idea, pero fuimos a verlo el día grande de Asier. Allí estaban sus coleguitas de profesión como: Penélope Cruz, Javier Barden, Alaska, Hugo Silva, Aitana Sánchez Gijón o Pedro Almodóvar, y a todos los hizo levantarse de la silla y bailar la coreografía de Tú te me dejas querer.
Uno de los momentos más sublimes para mí, fue cuando interpreta Puro teatro, de La Lupe, y en mitad de la canción dejan de sonar los instrumentos, para de cantar y comienza a recitar el párrafo con el que iniciaba este post. Lo hace con profundo desgarro, señalando con el dedo hacia algo invisible. Lo hace transmitiendo el mismo sufrimiento en su voz que utiliza al contar como, siendo aún un niño, deseaba tomar algo, una pastilla, un antiamorol, un medicamento contra el mal amor. Esa noche y otras muchas, subido a un escenario, Asier se abre en canal y exorciza a los fantasmas del pasado: aquel colegio de jesuitas, la soledad en su cuarto, aquella relación que fue puro teatro y aquel chico que le destrozó el corazón.

Este tramo me recordó a que una vez yo también salí con un gran actor. Estando en la universidad tuve una especie de novio. Y lo suyo… fue puro teatro.
¿Qué hice cuando fui consciente de estar viviendo ese primer gran desengaño? Poner tierra de por medio, desaparecer del mapa, hacerme la interesante, irme a Londres a trabajar de camarera (todo un clásico, muy extendido hoy en día). Con la excusa de estudiar inglés, que era importantísimo para mi futuro profesional, me fui a la capital de Reunido Unido, a orillas del Támesis. El gran motivo era alejarme de todos los rincones y calles que me iban a recordar a ese actor cutre de culebrón, huir de tener que encontrármelo en cada esquina.




Y en un rincón oscuro de las motivaciones más profundas, dentro de aquel drama postadolescente que estaba viviendo, anhelaba que pensara un poco en mí y que me echara de menos. Y así que se fastidiara. Como al principio de la película Hable con ella, cuando Rosario Flores interpreta a una torera que decide enfrentarse una tarde a seis toros y desde el burladero dos hombres la observan y uno de ellos dice: “Haría cualquier cosa con tal de llamar su atención. Se dejaría matar con tal de que él la estuviera mirando” y justo en ese momento, el toro la embiste antes de fundirse en negro la escena (…)
Tiempo después pensé que a lo mejor cuando se tienen veinte años recién cumplidos y se es un poco pava, como yo, sentimos fascinación por aquellos que no nos tratan regular.
Y bueno, yo quería aprender inglés, eso era verdad, sobre todo para entender al fin, lo que decían algunas de mis canciones favoritas.

Después de aquel capítulo de mi vida, igual que Rosa Montero en La loca de la casa, cuenta el paso del tiempo a través de los libros que va escribiendo y los novios que iba teniendo, yo categoricé  a los chicos que iba conociendo y que eran susceptibles de aporrear las puertas de mi interés, en azules y rojos. Porque: “¡no le des más vueltas! La verdad es azul y la mentira es roja!”



Love will tear us apart (Joy Division)

¡Señoras y señores, bienvenidos al gran espectáculo! El teatro de la Navidad es inminente y se cuela inexorablemente en nuestras vidas un año más. Lo habrán notado porque el cd de villancicos suena en los supermercados, si vives en Madrid, lo más seguro es que tus amigos y familiares te hayan encargado un décimo de Doña Manolita y, a estas alturas, seguro que al menos ya has tenido un par de cenas de amigo invisible.
Vuelven los papa noeles haciendo “balconing”, las señoras que se despiden de ti con un: “Bueno, recuerdos a la familia y feliceeeessss…”, y los árboles de navidad en tu móvil construidos con emoticonos. Y pronto volveremos a ver a los entrañables niños de San Idelfonso, que desde que canten en euros los premios de la lotería, han perdido parte del encanto. Se trata de otra función, sí, pero mucho más amable.
En fin, que llega la Navidad otra vez y tengo una felicitación navideña para ti:

Escena favorita de Love Actually

Y aunque me dé un poquito de pereza todo el “tinglao”, este año van a ser especiales para mi hermana, para mi mejor amigo Juanjo y para grandes amigas, que se estrenan como padres. Para otros amigos que fueron más avanzados en esto de la paternidad, ya deben ser las terceras o cuartas navidades con sus retoños y puede que aún sea más molón hacer cosas que hemos hecho todos de pequeños, como ir a la cabalgata, montar el belén o acompañar en el insomnio infantil, fruto de la emoción la noche de reyes, después de haber dejado tres copitas de champán y un poco de turrón en el salón. Supongo que eso justifica todo el teatro que se monta alrededor.
Yo me dispongo, como cada año que acaba, a crear mi lista, parecida a la que hace la ancianita de la peli de dibujos Up, de “Cosas que voy a hacer”. A ver si este año al final, hago alguna de las cosas que apunto y no me quedo como siempre sólo en el mundo de la palabras.



Una de las cosas que ya he apuntado me lo vino a recordar el otro día una persona especial; Tuve el inmenso placer de escuchar la experiencia de María Belón, superviviente del tsunami en Asia. Dijo cosas de ésas que me hacen recordar que  a veces las palabras “sanan”. Salí de allí con el corazón enorme. Ojalá le hubiera podido expresar lo que disfruté, pero salimos pitando porque llegábamos tarde a la cena navideña de empresa.
Me quedo con una de las cosas que le pidió a su hijo Lucas cuando ella estaba mal herida en su camilla en aquel hospital tailandés: “Haz algo por la gente, ayuda, se te da bien”.

Antes de ponerme muy intensa, voy acabando… y no se me ocurre una canción más navideña para echar el cierre que All I want for Christmas is you, pero en versión Nancys Rubias que es más divertida, aunque mucho más desafinada.




Bones festes!

viernes, 22 de noviembre de 2013

Candi (& Co)


Always be drunk. That's it! The great imperative! In order not to feel time's horrid fardel bruise your shoulders, grinding you into the earth, Get drunk and stay that way. On what?
On wine, poetry, virtue, whatever (…)


But get drunk (Charles Baudelaire)





                                                                                  
Ha llegado el frio a Madrid. Llegó casi a la vez que se fue la basura de las calles. Yo no sé qué prefiero, la verdad. No me gusta nada el frio. Me deprime un poco y además mi piel va adquiriendo un tono gris marengo complicado de disimular, a pesar del colorete y de los múltiples trucos femeninos.
Una buena opción y más en esta ciudad, es refugiarse y entrar en calor en uno de los 15.248  bares que hay en la capital. Buscar el calor en una taza de café, una copa de vino o una buena conversación que te arrope (no hay nada más erótico que una buena conversación).
Los bares son lugares estupendos para socializar, relajarse, reír, disfrutar del mejor momento del día y conocer gente nueva. Seguro que también se puede conocer gente estupenda en la red, pero yo soy más del “cara a cara”. Incluso cuando viajas a esa ciudad soñada, tras un largo paseo o una visita pormenorizada al museé de Louvre o a los museos vaticanos, estás extasiado de arte y belleza, pero estás deseando hacer una parada técnica en algún bar, cafetería, bistro, restaurante, pub, tasca, taberna, mesón o cantina (mariachi).


Desde que vivo en Madrid, me gusta quedar con algunas amigas para descubrir nuevos lugares donde comer, picar algo o tomar una copa de vino. Nos gusta encontrar lugares con encanto pero que al mismo tiempo no sean un timo. No hace falta que te den mucho de comer, pero que lo que te den esté rico, sea original, especial, se note que hay calidad y buen gusto. Así hemos encontrado sitios muy recomendables o sitios que “ni frio ni calor”, a pesar del “packaging”.
El otro día fui con María a Panela & Co. A pesar de que sólo me tomé un café con leche y panela, tenía todo una pinta estupenda y disfrutamos de un rato muy agradable. Además, si un nombre de una cafetería o bar lleva en su nombre & Co, el nivel de “molar” se incrementa de golpe.





A veces soy yo la que lidera y otras veces me dejo llevar a descubrir sitios… Hace poco me citó mi amiga Carmen en Le Cabrera. Había oído hablar mucho de este bar pero aún no había estado. Sí que había visitado la terraza de la Casa de América en veranito (ay, añorado!!), pero no tenía nada que ver. Llegué pronto, como a mí me gusta. Me encanta llegar antes de la persona con la que he quedado sobre todo cuando no conozco el lugar. Así tengo tiempo de husmear un poco, fijarme en su flora y fauna y disfrutar del placer de esperar y de estar en un bar sola. Me arrellané en el cómodo sofá rodeada de cocteleras y me puse a mirar la carta. Un camarero encantador se acercó, hincó su rodilla en tierra y se plantó delante de mí. Por un momento temí que me sacara del bolsillo un pedrusco y me pidiera matrimonio, pero no, el elegante barman ataviado con ropa de El Ganso de los pies a la cabeza (literal, porque también lucía gorra a cuadros) me preguntó si me podía ayudar a elegir. Como era de esas personas que rezuman profesionalidad  en lo que hacen nada más verle, me dejé asesorar encantadísima y pronto me trajo un estupendo “tangerine”; una copa con vodka, zumo de mandarina, arándanos y algo más que me llevó a otra galaxia de placer gustativo.             


               
Al cabo del rato, de forma inesperada, apareció con otro cocktail y me dijo: “toma que ya te has quedado seca”. Y no me lo cobro, ojo. Chapeau. He vuelto, claro.
¡Pero basta ya de hablar de sitios estupendos! Yo aquí había venido a hablar de mi última obsesión!
Andaba yo hace unas semanas un sábado cualquiera por la calle Noviciado tras haber desayunado tardíamente y una voz nos hizo girarnos: “en casa Candi se sirve el mejor vermut de todo Madrid”. Así se llama el bar, Casa  Candi. Candi lleva literalmente toda la vida regentándolo. “Mira, en esa foto tenía dieciséis años y empecé aquí a trabajar”, dice orgulloso a todo aquel que acaba de entrar en su pequeño universo. “¡Y ahora tengo sesenta y dos!”
Casa Candi debe conservar casi exactamente la misma apariencia que el día que se subió la persiana por primera vez. Un bar con escasas pretensiones estéticas, algunas fotos y recuerdos en la pared con momentos que Candi te cuenta nada más conocerte. En la barra encontramos los clásicos: ensaladilla, aceitunas, salpicón de pulpo, torreznos, cacahuetes… El vermut, en efecto, es excelente.

¿No conocéis a Candi? Disculpad, os lo presento:



Al escribir sobre el Candi hablo desde la sensación de la que apenas conoce, de la que acaba de llegar. ¿Estaré siendo justa con mis apreciaciones?
Ese primer día que entramos, Candi nos realizó el plan de acogida consistente en presentarse, encenderse un cigarrillo: “Aquí se fuma” dijo tajante y luego hacernos una breve descripción de la velada anterior. Te dice: “Ayer se lió una aquí hasta las cuatro de la mañana. Me he acostado tres horitas y me he venido otra vez a poner desayunos. Es que vino El Tomatito con unos amigos, se pusieron a tocar la guitarra y no veas la que se armó”, dice mientras te ofrece un cigarro. Te lo cuenta todo con gran entusiasmo, poca voz, pero hecho un pincel con su camisa limpia y su pelo recién peinado hacia atrás.
Candi quiere que te diviertas, quiere que te lo pases bien porque sabe de qué va el rollo. Y sabe que se ha ganado una clientela fija, sabe cuál es su secreto, y su producto y todo eso, digo yo, sin haber hecho un MBA en el IESE ni haber recibido cursos sobre employer branding. Pero Candi desprende una energía inusitada, con su voz rota, sus muchas horas tras la barra, sus años, sus muchas copas, su toda una vida de trabajo… La verdad es que me impresiona tanta vitalidad. Si ve que el ambiente está poco animado, coge un palo flamenco, empieza a dar palmas o incluso se arranca por soleares.
Y siempre que entras en el bar, Candi se alegra como si fuera un viejo amigo. Te saluda, te abraza o te lanza un beso desde la barra.

Aquella primera vez nos señaló unos recortes de periódico que tenía en la pared de El País; en él se veía la entrevista al director Enrique Urbizu, director de “No habrá paz para los malvados”. La entrevista versaba sobre qué cosas hacía él en un día normal de su vida. Al final de la entrevista señalaba: “siempre acabo en mi afterwork favorito, el Candi”. Y doy fe de ello. De todas las veces que he estado en los últimos tiempos, más de la mitad de las veces ahí estaba el director apostado en la barra entre amigos. En realidad hablando poco y observando mucho todo lo que ocurre en el bar. Que eso es lo que debe hacer un buen director de cine, ¿no?, captar trocitos de realidad, de cotidianeidad para poder destilarlos, procesarlos y re-crearlos delante de una cámara. Candi te cuenta esta amistad tan estrecha henchido de orgullo y cierto “postureo”. “Mira, voy a llamar a Enrique a ver si se va a pasar”.  Llama al director, varios tonos después parece ser que salta el contestador y Candi decide dejarle un cariñoso mensaje: “cabrón, cógeme el teléfono…  ¡que te la pique un pollo!” y cuelga.





Ese primer día que entré en el Candi, comenzó a sonar una canción que ya me acabó de cautivar del todo. Una de las canciones en español más bonitas de todos los tiempos. Y me vino a la cabeza una frase que sale en Jerry Maguire: (Querido Candi), con el hola me tenías…



La leyenda del tiempo. Camarón

El caso es que el Candi tiene un encanto especial y siempre quieres volver. Además siempre es buen momento; después del trabajo, cuando sales de casa un sábado y vas a hacer la compra, para tomar la primera copa un viernes por la noche o para quedarte hasta las cinco de la mañana (a persiana bajada y música en directo improvisada en el interior).
Allí se concentra un público variado, últimamente gente joven, artistillas, señoras, mayores, parroquianos de toda la vida…
Igual que llegó un momento en que la decoración minimalista en blanco nos saturó, de igual forma quizás estemos saturados de tantos bares posh y entrar en Candi es como llegar a casa y quitarte los tacones o aflojarte el nudo de la corbata y empezar a ser tú mismo. Y respirar.

Abrazos y nos vemos en los bares!




miércoles, 6 de noviembre de 2013

Cuando Nico llegó



Nico & Lou Reed. The Velvet Underground



“For my love this night I have your baby in my belly…”
For my love. Sinead O´Connor

Llegué  a la estación de Atocha el domingo a las 7:30 de la mañana. Creo que nunca había madrugado tanto un domingo en mi vida. Me pedí un café y una tostada y me quedé un rato mirando la gente pasar. Al día siguiente nacía Nico. Mi buena suerte había hecho que el ginecólogo, viendo la enorme panza donde Nico nadaba y hacía clases de aquagym a sus anchas, decidiera programar el parto. Así que yo iba a estar allí el día “N”.


Antes de ser Nico fue “Poroto”, porque así es como llaman a los garbanzos en Uruguay, de donde es Felipe. Y Nico, antes de ser un niño, fue un garbancito y poco a poco, el garbancito tuvo brazos, ojos, corazón…


Cuando Pedro llegó. Pedro Guerra



Ese domingo hizo mucho calor. Barcelona, como siempre estaba guapa y elegante. No lo dijimos, pero nos moríamos de ilusión por estar todos juntos ese día. Paseamos bajo el sol por la calles del Borne, comimos en casa y fue memorable la siesta que nos pegamos mi hermana Paula, Nico (aún en la barriga) y yo. Memorables fueron también los ronquidos de la embarazadísima.
Me gustaría poder contar que acabamos el día en familia hablando de cómo nos habíamos hecho mayores, de la llegada de un nuevo miembro a la familia, del milagro de la vida… pero la verdad es que acabamos el día viendo la repetición de la entrevista a Paquirrín, “su entrevista más sincera”. Y ahí no había quien se fuera a la cama.


Luego, todos dormimos a medias…




Ese lunes amaneció con un sol radiante y empezaron las rutinas del parto; sala de dilatación, gotero, correas (sí, sí, así se llama) y esperar. Fuimos turnándonos para estar con ella en la sala esperando a que dilatara, y para matar el tiempo y calmar los nervios me pedía cosquillitas y masajitos en la cabeza, mientras decíamos las clásicas chorradas habituales: “imagínate que ahora sale el niño mulato, ¡se descubre el pastel!”, “si sale parecido al monitor de spinning ¿qué hacemos?”. El pobre Felipe nos miraba con infinita paciencia. Porque mi hermana tuvo que elegir a un compañero tranquilo y afable para que fuera un complemento a su impulso, valentía y falta de delicadeza naturales.


Ella, que hizo y vio cosas que ni imaginaríamos. Cruzó el océano y volvió. Volvió a cruzarlo y volvió, y volvió a cruzarlo y volvió…Todos esos momentos, ¿se perderán como lágrimas en la lluvia? No lo creo. Y un día, siendo fiel a su habitual modus operandi de pegar sustos, anunció por teléfono que estaba embarazada.

El ginecólogo decidió al cabo de las horas que habría que practicar una cesárea. Yo comencé a decir que era lo mejor, porque así el bebé no sufriría, porque así no había mayores complicaciones, haciendo gala de vastos conocimiento en obstetricia improvisados. Si hubieran decidido que fuera un parto natural, me habría puesto a enumerar con el mismo entusiasmo las virtudes de esa modalidad.
Al fin salió la camilla con mi hermana en ella, sonriente y llorosa a la vez, llevando en su pecho a Nico, gordito con los mofletes rebosantes, cayéndoles a un lado. Me produjo la misma ternura que un cachorrito. Y al poco rato, estando ya en la habitación, con todo el jaleo de comentarios y opiniones: “el niño mejor ponerlo de lado”, “no, mejor boca abajo”, “el niño tiene hambre” “no, tiene frio...” de pronto le hablaba a mi hermana y ya no era la de antes, ya no era tal y como había sido los últimos 35 años. Hace poco leí en una entrevista la siguiente reflexión: si yo cambio, ¿soy la misma?
Cuando Nico nació mi hermana dejó de ser ella. De repente, su expresión había cambiado. Yo le decía cosas y ella me miraba, pero su atención ya no estaba puesta en mí. Me dijo: “¿Nico está respirando?” Y al cabo del rato dijo mientras lo miraba: “Me he enamorado”.


Ya no era la niña parlanchina y repelente, la adolescente listilla, la universitaria que ponía Are you gonna go my way? De Lenny Kravitz mientras nos pintarrajeábamos en el baño para salir por la noche.



Are you gonna go my way?Lenny Kravitz

Acto seguido nos dirigíamos hacia la puerta de casa como una flecha haciendo ruido con los tacones, mientras gritábamos: “Nos vamoooooos, ¡hasta luego!”. Pero mi madre nos hacía entrar en el salón para inspeccionar cómo íbamos vestidas. “¿No vas a tener frio con tirantes?” “No, porque me llevo un abrigo.” “¿A qué hora volvéis?” “No sé, pronto.

Nico cumple hoy un mes, todo un chicote. En el puente de Noviembre pasé algunos ratos con él en brazos y  poco a poco me iba me iba pesando… y se hacía mío, mientras yo me hacía suyo.

Antes de que sollozara le cogí en brazos y envolví nuestros cuerpos en una manta, acunándole suavemente. Pero tardó en dormirse y al paso de los minutos, iba el niño pesando en mis brazos, entrándose en ellos, haciéndome suyo, al hacerse mío… Eso fue todo: evadirme con él del reloj y de los mapas, contemplar su carita aún no surcada por los afanes y los días.
José Luis San Pedro. La Sonrisa etrusca

Ha dado comienzo una nueva era. Ahora el tiempo se mide en latidos y en días que tiene Nico. El tiempo parece que transcurre más despacito. Ahora me duelen más los 620 km que separan Madrid de Barcelona.



De pronto todo cambió, cuando Nico llegó.


Kids. Lady Danville






miércoles, 16 de octubre de 2013

And I like it






Creo que en el poco tiempo de vida que lleva este blog debo dar la impresión de que soy la persona más optimista del mundo y que soy de ésas que lo ve todo de color de rosa. Bueno pues no es así, como todo el mundo tengo mis días grises, mis momentos y mi “dominguitis” (de hecho, ésta última la inventé yo).
A veces se habla de qué ocurriría si existiera en el Facebook el botón de “no me gusta”. Seguro que nos intimidaría mucho y andaríamos cohibidos, subiendo menos fotos o comentarios porque nos aterra el castigo del rechazo social. De esta forma sólo recibimos refuerzos positivos con el “me gusta”.  Como mucho, el riesgo de obtener pocos likes, de pasar por el mundo 2.0 sin dejar huella.
Voy a intentar enumerar algunas cosas que me gustan y no me gustan. No me voy a meter a enumerar cosas muy trascendentes que, obviamente a la mayoría de ciudadanos de bien nos gusta y no nos gusta de lo que ocurre a nuestro alrededor (y que salen a diario en los periódicos).
Voy a hablar de cosas superfluas. Porque "A mí dadme lo superfluo , que lo necesario todo el mundo puede tenerlo" (Oscar Wilde).

Al más puro estilo Amelie...





Me gusta la siesta de dos o tres horas de los viernes.
Me gusta el vino tinto (mejor en buena compañía).
No me gusta el vino blanco.
Me gusta un poquito de desorden.
Me gustan  los chicos despeinados.
No me gusta que los chicos usen más cremas que yo.
Me gustan las noches de verano.
No me gusta el frío.
Me gusta abrir la nevera, coger un bote de pepinillos, pegarle un sorbo al vinagre y volver a guardarlo...
No me gusta la moqueta de las oficinas.
Me gustan casi todos los nombres de las paradas de metro de Madrid.
No me gustan los chicos trajeados que llevan consigo  la bolsita-tupper herméticamente cerrada por las mañanas.
Me gusta Natalie Portman.



No me gusta Scarlett Johansson.
Me gusta Bibiana Fernández.
No me gusta George Clooney (Me parece que está sobrevalorado).
Me gusta la fuerza de Elena Anaya delante de la cámara.
Me gusta este hombre… Debo ser la única ¿no?



No me gusta el Candy crush.
Me gustaban, pero ya no me gustan, los atormentados y los canallas.
No me gusta que la gente hable de series como: Friends, Lost, Homeland, the Big Ban theory… porque no he visto ninguna y no tengo nada que decir en las conversaciones.
No me gustan las camisetas de Bart Simpson (con o sin donut).
No me gustan las casas que parece que estén preparadas para que venga el Hola a hacerles un reportaje.
Me gusta entrar en una casa y que haya libros por ahí tirados.



Me gustan los chicos con barba.
No me gustan los fashion victims.
Me gustan los chicos que cocinan bien (especialmente cuando lo hacen para sus chicas).
Me gusta la elegancia (no me refiero a la ropa).
Me gusta Pink Martini.





No me gustan los libros electrónicos.
Me gusta el rato de felicidad entre que sales de trabajar y vuelves a casa a cenar.
Me gustan las uñas pintadas de rojo, el de toda la vida.
No me gusta el color morado en la ropa.
Me gusta la gente que hace cosas poco pragmáticas, sólo porque son bellas o diferentes.
No me gustan las sombras de Grey.
No me gustan las personas que parecen que están siempre compitiendo contigo, en vez de estar tranquilamente charlando.
No me gusta la tacañería injustificada.
Me gustan los padres que se llevan a sus bebés a todas partes.
Me gusta cuando no me tomo muy en serio.
Me gusta las personas que se paran a charlar con todo el mundo: con el panadero, con la vecina de ochenta años, con el portero, etc.
Me gusta ir a los sitios utilizando trayectos diferentes y así descubrir calles nuevas.
No me gusta, sino que me flipa esta canción, que más que una canción es una oración:





No me gusta Eurovegas.


Me gusta Malasaña. Me gustas tú.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Déjese querer por una loca



A veces pienso que en Madrid no deben de tener otra cosa que hacer que esperarme a mí. Pero luego compruebo que no es tanto cosa mía, sino del pueblo en general, que piensa que escribir es una actividad propia de Madrid. Si yo me presentase a la gente como médico nadie me mandaría a ninguna parte, sino que me preguntarían qué cosas opero y a qué horas paso consulta. Las mujeres se me acercarían más, porque un hombre que trabaja en bata siempre llama mucho la atención y yo toda la vida he escrito en casa en calzoncillos, y si el artículo promete, a mitad de camino me los voy cambiando por unas bragas para cerrarlo a lo grande. Esas cosas extravagantes de los escritores a las mujeres no les gustan, por lo menos si se hacen en Pontevedra, porque en Madrid debe de ser un rasgo de maldito. (Manuel Jabois)

Qué maravilla este septiembre que ya se acaba pero que nos está permitiendo ir aún en chanclas por la ciudad. Qué ganas de comérsela entera y hacer todos y cada uno de los planes que uno se apunta cuando vuelve del verano con las pilas puestas. Llegó un momento en verano que la echaba de menos, qué le voy a hacer, soy carne de asfalto, animal urbanita.
Qué maravilla salir un viernes y bajar el sábado por Conde Duque en busca de un buen café y  descubrir un bar con encanto y sentarte a ver a la gente pasar: parejas, niñas andando como si lo hicieran sobre una pasarela con total urban look, modernos con gafas de colorines y algunas abuelitas encantadoras de pelo de blanco, bastón y trajecito de flores.

Qué maravilla cuando escuchas una canción que te atrapa que te sobrecoge, que no te suelta. Qué maravilla cuando lees algo que te invade, que te golpea, que te remueve, que no habías sido capaz de expresarlo tú antes, pero lo habías sentido un millón de veces. Qué maravilla cuando te enamoras como una loca, cuando alguien dice su nombre y un cohete se dispara desde el estómago, cuando sueñas con él, Porque si no sueñas no se ama de verdad. Qué maravilla los momentos de antes de verle. Porque como dice Punset; la felicidad está escondida en la sala de espera de la felicidad… 

A Madrid también la quería antes de conocerla, porque ya había soñado con vivir en ella mucho tiempo. Y cuando vine, me movía por sus calles y por sus bares con soltura porque era como si nos conociéramos de toda la vida, y conseguí que empezara a quererme, igual que yo la quería desde hacía mucho… No fue fácil. Tuve que currármelo. Demostrarle que le sería fiel, que lo daría todo por ella, que cada fin de semana le demostraría mi amor y le dedicaría todo el tiempo. Que en vez de quedarme en casa con la, tan manida, “mantita y peli” iría a darme una vuelta por ahí.
Ahí se quedara mi casa hecha un desastre, la ropa sin planchar y la comida sin cocinar, con tal de pasar más tiempo juntas, ahí lloviera, hiciera un frio del carajo o el calor seco no dejara respirar.
Porque esta ciudad parece estar hecho para la diversión y la jarana, para que el espectador no se aburra. Esta ciudad es acogedora y no discrimina. Apta para todos los públicos.
A esta ciudad infinita le gusta la farra, es de mente abierta y posee eso que tienen algunas personas que no son ni las más guapas, ni las más altas, ni las más listas pero que tienen legerezza cósmica: “dícese de aquél micro esfuerzo que sólo algunas personas pueden hacer para resultar instantáneamente fascinantes…” esto creo, salía en alguna película.
Qué bonito verla recién levantada y con cara de sueño, medio vacía, desperezándose aún. Desde que vivo aquí, me quedo absorta mirando las fachadas de las casas.


Qué maravilla quedar para tomar algo al caer la tarde. Desde que empezó el buen tiempo me he tomado unas cuantas copas de vino al atardecer en The Patio, donde, como dice mi buen amigo David, hay mucho “colorín” entre el personal.


The Patio

No soy tan ingenua para no saber que tiene muchos defectos, porque es agobiante, egoistona, a veces demasiado castiza y muchas veces no cuida los pequeños detalles.
Pero creo que fue Woody Allen quien dijo: “ése es uno de mis defectos…, pero tengo más, en realidad son lo mejor que hay en mí”…




Woody Allen

Ya se sabe que cuando estás enamorado hasta las trancas no eres capaz de ver con claridad que es una tirana, aunque tus amigas te lo digan y te adviertan: “yo creo que pasa un poco de ti, tú estás mucho más pendiente. No se porta bien, va a la suya. Vamos, que no te merece…” y esa cantidad de topicazos tantas veces escuchados y tantas veces dichos con voz solemne.
También está bastante loca, y me gusta precisamente por eso. Madrid es como esa amiga que sabes que siempre está dispuesta a apuntarse a cualquier plan que le propongas. Con ella a veces he vuelto a ser una quinceañera.


Hace un tiempo, tomando una copa de vino, un amigo maravilloso me hablaba de su novia a la que acababa de dejar. Por lo visto era muy rubia y muy espectacular, pero estaba loca. Yo le recomendé lo que aconsejaban La Costa Brava:




Déjese querer por una loca. La Costa Brava.

Déjese querer por una loca... Es único.
Porque puedes tomarte un relaxing cup of café con leche en la plaza mayor, pero es más recomendable tomarse un vermut en la plaza Dos de mayo. El vermut. Qué gran invento, oiga. Yo no lo puedo expresar muy bien, pero en este post Kiko Amat lo explica genial. Prepárense para reír a carcajadas.

A lo mejor parezco una exagerada. Que sí, que tras casi dos años aquí, aún estoy en esa fase de enamoramiento... Puede que éste sea otro de esos amores imposibles. Esa historia que no te conviene, esa persona que te hace sufrir, que te empeñas en apartar de tu cabeza.


Empieza el año, ya que todos sabemos que el año empieza después del verano, en septiembre y no en enero, donde ya estamos como a mitad año. Empieza el nuevo curso y hay un montón de cosas que hacer. Y las chicas sólo queremos pasarlo bien… así que, nos vemos en los bares. Y vente pa Madrid!





Cyndi Lauper. Girls just want to hace fun

viernes, 30 de agosto de 2013

Bangkok




Pasadas unas diecisiete horas entre Madrid y el caos, finalmente aterrizamos con los músculos entumecidos en el caos absoluto. Caminar por Bangkok me traía recuerdos alojados principalmente en la memoria sensorial de otros lugares y de algunos retazos cinematográficos, como aquél de Harrison Ford comiendo noodles en un mercadillo post apocalíptico.




Y los recuerdos pertenecían a otros veranos en otras capitales del mundo, en parte, igual de horrendas y contaminadas que la capital tailandesa, como fueron Delhi, Marrakech o Managua, que igualmente daban la impresión de haberse construido con descuido y sin ganas y, sin querer parece remilgada, en ningún caso podían ser calificadas de bellas. Si bien, todas ellas contuvieron rincones y escenas bellas que ahora, a miles de kilómetro unas de otras, venían a invadirme en forma de aromas o imágenes.
Se adivina que a unos pocos kilómetros de esta ciudad se esconde la belleza de paisajes más amables, naturales y reconfortantes, tan diferentes al paisaje urbano de Madrid que contempla mi mirada diariamente.

Una vez más y a pesar de los diversos viajes acumulados, seguía sin aprender y llevaba la maleta llena de ropa que no pensaba utilizar, vestidos que aguardaban su momento de gloria que no iba a llegar, ya que al final era más fácil sucumbir a vestir todos los días con camisetas y pantalón corto o vestiditos playeros y chanclas. Ir descuidada y así tener la sensación de vacaciones en todos los ámbitos. Y a pesar de ser consciente de ello, el caso es que siempre que preparo la maleta para el verano, me entra un terrible sentimiento de horror vacui.

Cuando viajamos una parte de uno se aleja sólo en sentido físico y de alguna forma se transforma. Una vez leí en un artículo que durante largo tiempo estuvo colgado en mi nevera, que al viajar se producen cambios incluso morfológicos en el cerebro. Y que se ejercita más el cerebro en un viaje de cinco días que en todo un año de rutina.
Por otra parte y quizás como consecuencia de ello, al verse alejado del run run diario, el cerebro se entretiene con escenas del pasado y es curioso que al alejarse, ciertas imágenes o ciertos recuerdos se presentan con mayor viveza e intensidad. Porque, allá donde vayas, la ciudad irá contigo (...), como citaba aquel libro que tanto me gustó hace ya unos quince años. Por eso parece tan sano poner distancia para pensar con mayor claridad.


La gente cocina en las calles; hay tantos puestecitos de comida callejera que parece increíble que haya clientes para todos ellos. Nos sorprenden aguaceros propios del monzón cada tarde. El tuk tuk que nos lleva entre el tráfico es un milagro de equilibrio. La maraña de cables de la luz que hay por todas las calles, cruje al contacto con la lluvia, pero no parece que este hecho inquiete a nadie.




El buda esmeralda es algo decepcionante, pero el buda reclinado alojado en el templo de Wat Pho es colosal con sus cuarenta y seis metros de tamaño.







Los templos son remansos de paz para el viajero. Monjes con túnicas calabazas rezan en silencio, encienden incienso, colocan guirnaldas de flores naturales a modo de ofrenda, además de poner zumo o leche con pajita delante de las imágenes del buda, no sea caso que le entre sed y no tengan un refresco a mano. Las flores de loto simbolizan en la religión budista la capacidad de renacer incluso en condiciones aciagas, como en cualquier charca horrible. Lo que en términos de la psicología actual podría corresponder al término de resiliencia.
Al atardecer y tras el pertinente atasco de treinta y cinco minutos metidos en un taxi, alcanzamos el hall del hotel Sirocco, cuya azotea desde el piso sesenta y tres prometía vistas y ambiente increíble. Pero una bella señorita con mejillas que parecían empolvadas con polvo de arroz, largas pestañas y labios púrpura nos anuncia con impecable educación y perfecto inglés que el dress code impide subir a los hombres con bermudas. Atravieso con la mirada a mi pareja y volvemos al hotel.

Tras las dos primeras noches, cogemos un tren que nos llevará al parque natural de Khao Yai, patrimonio de la humanidad por la Unesco. El tren que nos transporta se va alejando del núcleo urbano y por la ventana comienzan a colarse miles de bichos que se enredan en mi pelo, mi ropa o las páginas del libro que leo y que me tiene absolutamente atrapada Middlesex, de Jeffrey Eugenides, “un librazo”, tal y como me dijo el chico de la librería Tipos Infames. Cuando vuelva al barrio se lo tengo que agradecer encarecidamente. Me duele un poco el estomago; creo que debía haber dejado pasar algún día para que mi cuerpo se hubiera adaptado más, antes de probar las delicias callejeras y sospecho que con los mejillones fritos me la he jugado.
Me termino el café frio que estoy tomando. Me doy cuenta que el precio del café ha sido el triple del precio del billete del tren y esta certeza me inquieta un poco mientras el tren local avanza entre chirridos y saltitos.

Avanzamos hacia los diecisiete días que aún quedan de viaje. Todo lo que necesito es sentarme en la orilla de aquella playa de fina arena que en unos días hallaremos, salpicada con trocitos de coral y cangrejos blancos que se asomarán de vez en cuando de sus agujeros y se pasearán con sus graciosos bailes delante de mí. Lo que quiero es contemplar el agua azul lapislázuli e imaginar los ramilletes de coral que descubriré más tarde en una islita del sur.





Quiero ver la playa mientras me acerco con una barcaza rodeada de un paisaje formado por arbustos bajos, cocoteros y árboles frutales. Y ver desde el mar todo ese verde avanzar por toda la isla, llegando a acorralar la fina línea azul turquesa que acaricia a su vez la línea beige de arena que bordea la playa de esa isla casi virgen.
Quiero descubrir en los próximos días gamas de verde y azul que no había visto nunca antes, en el cielo, mar y bosques tropicales y de los que no poseo adjetivos aún para describirlas.

Encontré tanta belleza que en algún momento sentí pena, porque mientas estaba pasando, ya se estaba acabando...



(All I need. Air)