lunes, 24 de marzo de 2014

Sweet City

La obsesión es una fiebre. Una rabia loca, enfocada hacia un solo punto, que empieza a acelerar sin que nadie pueda detenerla. La obsesión es un deseo multiplicado, y ese deseo me ha llevado hasta aquí". 'Cosas que hacen BUM'. Kiko Amat. 


Había salido un sol inesperado en Madrid. Andábamos todos por las calles arriba y abajo entusiasmados como luciérnagas buscando la luz. Pero aunque ya es primavera en el Corte Inglés, no saquemos las chanclas, ni lancemos las medias por los aires, ni hagamos selfies en shorts poniendo morritos y haciendo el signo de la victoria. Que todavía no toca.
Sentarme aquí en este rincón tan privado lleva asociado inevitablemente dos cosas: cierta alegría tontaina y el consumo de uno, dos o tres cafés (depende de lo poco inspirada que me pille en el momento).
Yo soy de ésas personas que no soy capaz de enlazar una palabra con otra hasta que no me tomo el primer café de la mañana. Recién levantada soy la peor versión de mí misma, y no sólo por el careto y los pelos de loca (aunque tampoco creo que nadie se levante siendo Charliez Theron con su gracioso pelo a lo garçon con flequillo perfectamente ladeado) sino porque me cuesta un mundo conectar con la realidad. Creo que más de lo normal. Y siento cierto rencor hacia aquellos que se levantan cantando y con una energía digna de mejor causa.


Me arrastro hacia la cocina lloriqueando a prepararme un café revitalizante. Cojo la taza humeante y enfilo hacia el cuarto de baño y voy tomando sorbitos bajo la alcachofa de la ducha, mientras me seco, me visto… porque aunque soy de las que se levanta con el tiempo justito, también soy de las que no soporta tomarse el café de un trago.
Cuando me tomo el segundo, ya en la oficina, noto como por fin mi cerebro empieza a funcionar poquito a poco. El tercero del día llega justo después de comer.
Dicen que hay personas alondra y personas búho. Está claro en qué grupo estoy yo; en el mismo que el de los vampiros y hombres lobo. Sin embargo, nada me gusta más cuando soy capaz de levantarme un sábado a una hora razonable (como decía tantas veces mi madre hace ya unos cuantos años: “si eres mayor para salir hasta las tantas, eres mayor para levantarte a una hora razonable”), que bajar a tomar el primer café del día por ahí.
Me dispongo a contar algunas de mis obsesiones urbanas en materia de cafés, a hacer una pequeña lista de sitios encantadores para tomarlo sin mucha prisa. Espero impaciente a que me recomiendes algún sitio más, porque uno de mis grandes placeres, por si aún no te lo he dicho, es descubrir sitios nuevos en la ciudad. No significa que en estos lugares encontrarás el mejor café de Madrid, con mejor aroma y cuerpo. Es bastante probable que no sea café de Colombia ni de Brasil, pero son sitios que me parecen especiales por un motivo u otro, y yo aquí he venido a hablar de mi libro. Y como tú, amiga Géminis, eres una persona golosa como yo, encontrarás en esta lista lugares donde podrás gozar con el placer de tomar un café en compañía de algo muy dulce. Hasta empalagoso, en muchos casos.

Justo enfrente del museo Conde Duque, hay un sitio pequeño con dos o tres mesitas de madera antigua y flores, llamado Olive. Aquí puedes acompañar tu café y tu periódico con, por ejemplo, una crepe de nutella espectacular, que te ayudará a afrontar la jornada mucho más feliz. Porque ya se sabe que la nutella es un chute de serotonina directo para el cerebro.

Olive

Cerquita de allí, subiendo por la calle de la Palma, existe una cafetería que hace un año era minúscula y hace poco la ampliaron que, en este caso sí, prepara uno de los mejores cafés del barrio (reconocido) y ocho de cada diez vecinos lo recomiendan. Se llama Toma Café. Posee una decoración vintage y una bicicleta colgada del techo. También ofrece todo tipo de dulces como la omnipresente tarta de zanahoria o galletitas muy apetecibles para acompañarlo. Un lugar con mucho rollo.

Toma Café

Mi amigo Ricardo, que abandonó hace unos meses la ciudad porque le salió un puestazo en Arteixo (¿adivinas dónde?), tras muchos años, llegó a odiar Madrid tanto como al principio la quería, pero antes de irse y comenzar a echarla mucho de menos, me contó su lugar favorito en Malasaña, muy cerca de Tribunal: la Cocina de mi Vecina. En su mesa de madera para compartir con todo aquel que entra, he pasado agradables algunas tardes leyendo, tomando un café, té de colores, cupcake de oreo o tarta red velvet. Mmmmm…

La Cocina de mi Vecina

En la calle Hortaleza y en pleno barrio de Chueca, hace poco desayuné con unas amigas en Oíta Café. Tan a gusto estábamos que se nos hizo casi mediodía sin darnos cuenta y sin ningunas ganas de irnos.

Oita Café

Y muy cerquita de allí, en la zona de Barquillo y Argensola, un barrio cercano, que es como el primo de buena familia de Malasaña, se encuentran algunos de los lugares donde más me gusta ir si tengo un poco de tiempo.
En Madame Framboise te vuelves loca con la vitrina parecida a la de una joyería con mil variedades de pastelitos, macarons (¿por qué están tan de moda? y croissants que acompañan a tu café. Pero aún me gusta más una pequeña pastelería-café con muchísimo gusto donde se toma un café y unos pasteles exquisitos. Quedar allí para merendar o desayunar es casi una experiencia religiosa… Le Pomme de Sucre.

Le Pomme de Sucre

Casi en la misma calle, hay un sitio que me gusta todo de él excepto su nombre, que lo detesto: Lo siguiente. Y es porque me recuerda a esa expresión que ha estado tan en auge bastante tiempo y a la que tenía mucha manía: “Eres majo no, lo siguiente…”, “Es guapa no, lo siguiente”. En fin, que aquí se come y se cena increíble, mención aparte merece la tapa de rissoto con parmesano y trufa... y además muy bien de precio. Pero es que se desayuna o se toma el bruch o lo que sea, que es una maravilla, oiga.
Lo mismo me pasa con Whitby, en Almagro, que me encanta como concepto para todo: desayuno con tostadas de varios tipos de pan, comida, cena e incluso copas y vino afterwork.

Whitby

En plena calle Serrano y en un lugar que en principio no esperas, en la Fundación Adolfo Domínguez, si subes al último piso encontrarás un rincón acogedor que es una cafetería de gran elegancia y gusto donde podrás pasar un rato tranquilo antes de zambullirte de nuevo en el torrente y energía de la calle Serrano.

Fundación Adolfo Dominguez

Voy a acabar porque si no, no dejaré espacio para otros planes más adelante.
No puedo dejar fuera de esta pequeña lista la cafetería de La Central, donde hallarás burbujas de silencios en el desierto de ruidos de Callao ó Delic, en La Latina, donde siempre te recibe un maravilloso olor a hierbabuena.

Delic

Acabo ya, deseando encontrarte por el barrio, ponernos al día y contarnos la vida tomando un café y algo muy dolce.













domingo, 23 de febrero de 2014

La Gran Belleza

¿Nieva y están en Roma? Corran hacia el Panteón y hagan lo que hace cualquier romano informado: entren y miren al techo, al agujero de la cúpula. Los copos entran en el templo y quedan suspendidos girando en el aire. Sólo eso. Tal vez tengan ocasión de contemplar un espectáculo más sublime, pero dudo que sea en esta vida.
Enric González


Si aún no has visto la película de Paolo Sorrentino La gran Belleza hazlo un día de éstos. Uno de esos días en los que te sientas inspirado. Si además aún no has viajado a Roma, no podrás resistir el deseo de ponerte a buscar vuelos para escaparte pronto. Eso sí, a cambio de que te reciba la misma luz tostada de los atardeceres que se refleja en la peli y las noches traigan las mismas veladas en la terraza del protagonista, con vistas al Coliseo.


Yo viajé hace ya algunos años un verano con un gran amigo. Allí, Paolo y Bárbara nos enseñaban Roma cuando salían del trabajo al caer la tarde montados en sus motorinos, y ese recuerdo aún me asalta algunos de esos días en los que te sientes justo en el otro extremo opuesto de sensaciones, ya sabes; en la oficina hasta tarde o pegada a perfectos desconocidos por las mañanas en el metro.
Esos tórridos días de verano en Roma y esos atardeceres creo que no los olvidaré jamás.



En Madrid, voy haciendo una colección de algunos de esos momentos que tengo la impresión de que ya no se irán jamás, por memorables. Y a algunos de ellos les pongo un marco dorado alrededor y los coloco en rincones de mi mente escogidos con cuidado. Me acusan a veces mis amigos de Valencia de que sea tan fan de Madrid y haya renegado de mis raíces. Pero no es así, lo que ocurre es yo tengo amor de sobra para las dos ciudades.
Como casi todos, muchas veces fantaseo con la idea de dejar de ir a trabajar. Cada mañana dejaría pasar las horas debajo del edredón envuelta en el calor de la noche. Me levantaría tarde, desayunaría leyendo el periódico con el sol en lo alto, como en los anuncios, bajaría a comprar al mercado y luego caminaría por aquí y por allá. La inspiración no me pillaría trabajando, me pillaría bailando, en algún espectáculo o muy probablemente en algún bar.
En La gran belleza, el protagonista es un escritor y un bon vivant de sesenta y cinco años. Yo también conocí hace un año o así a otro escritor vividor. Señoras y señoritas, conocí al autor de Manual de un buen vividor. Al Guardián.

Y aunque sospecho que este blog sólo lo leen un puñado de amigas y, como mucho, el vecino del quinto, si se entera una gran parte de las féminas del país con edades comprendidas entre los veinte y los cincuenta probablemente me quieran matar en plena calle, rojas de envidia.

Como muchas de las historias molonas que te pasan, siempre las acabas valorando más cuando acaban o cuando nunca han ocurrido. Cuando cogen el sabor de la perspectiva y el retrogusto de la memoria que las adorna y las intensifica a nuestra conveniencia y antojo. Por si alguien aún no se han enterado Mr. Guardián es el autor de uno de los blogs más leídos de este país. Él escribe sobre música, películas, libros, viajes y cuenta historias de diversas mujeres. Y no sabes cómo, sus textos consiguen tocarte el corazón.

Ocurrió en Segovia. Allí estábamos, como otras veces, dispuestos a convivir con unos sesenta compañeros de nuestra organización. Cinco amigos y yo, listos para ejercer de profes de nuevo.
Esa mañana hacíamos prácticas por grupos de presentaciones eficaces y les pedimos a los asistentes que contaran algo mientras les grabábamos en vídeo. Cuando le tocó su turno, nos deleitó hablándonos de los gin tonics que sirven en Madrid. Hacía hincapié en que se nos había ido un poco el tema de las manos y a veces parecía que en vez de una copa, estabas bebiendo un florero o una pecera con especies tropicales.


Entonces, yo le di feedback sobre cómo había hecho la presentación; que si se había movido un poco, que si tienes que hacer más “mirada de faro”. Y entre tanto, digo yo, que él debía estar pensando en algo del estilo: ¿mirada de faro? dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul (Lo digo porque esta gente piensa siempre en términos poéticos). Eso sí, por cómo se expresaba, en algún momento pensé que ese chico debía de leer mucho.
-¿Por qué has elegido este tema? – le pregunté delante del resto de compañeros.
-Porque es de lo que hablo en mi último post y lo tenía fácil.- dijo él.
-¿Tienes un blog?- pregunté yo. ¿Cómo se llama?
-Manual de un buen vividor.
-Ah.
Y como yo a veces parece que soy la última que me entero de todo, pues en ese momento ni me sonaba, pero ese algo especial en su forma de transmitir, me llevó a consultar su blog y a descubrir al Guardián, a Holden Caulfield y a convertirme en otra seguidora incondicional del famoso blog.
En uno de los descansos del curso le dije: Oye, ¡la verdad es que escribes fenomenal! Y el pobre chico debió pensar que vamos, que con 19´3 K de followers en twitter y con ni se sabe, de visitas diarias, que algo ya debía haber sospechado.

Así transcurrió la semana plácidamente en Segovia. En los ratos libres, pasé el tiempo leyendo las antiguas entradas y aunque todas me gustaban, en algunas concretas encontré eso que es complicado expresar pero que nos conmueve profundamente. Eso que se nos agarra por dentro, que nos muerde como un pit bull en el estómago y que ya no nos suelta. Ese bocado, o a veces zarpazo, que al principio te deja sin respiración e incluso llega a doler. Es eso que he sentido a veces ante la visión de un paisaje estremecedor o ante la presencia de determinadas personas que brillan entre un millón. Ésas que no sabes por qué, poseen legerezza cósmica (Leggerezza cosmica quel micro sforzo che solo certe persone devono fare, per risultare istantaneamente eccezionali).

Y el jueves por la noche, en el epílogo de aquella semana de convivencia, tras la cena de despedida con el consabido cochinillo, estaba yo esperando mi copa en la barra del bar y se acercó el Guardián a pedir. Charlamos un rato sobre la semana en Segovia y por supuesto le dije que me había encantado su blog (seguía sin tener ni idea de que era archiconocido). También le dije que algún día me gustaría tener a mí uno, aunque no le llegara ni a la suela de los zapatos.
Y como siempre me pasa, cuando estoy con alguien a quien admiro por alguna circunstancia, hago y digo chorradas. Y en vez aprovechar para preguntarle en quien se inspiraba, quienes eran sus referentes literarios, quienes sus musas, por qué mantenía el misterio de su identidad o tantas cosas al respecto que me hubiera gustado preguntarle después, de repente ocurrió algo que cortó en seco la conversación…. Comenzó a sonar la canción más hortera del mundo; el gangnam style. Raquel y yo, para reírnos durante la semana, habíamos estado practicando el baile después de clase y había sido una odisea aprendernos la maldita coreografía, especialmente en el momento caderita…. eeeehhh sexy ladyyyy.. Así que le miré fijamente y le dije al borde del colapso:
-Perdona, ¡tengo que ir  a bailar esto con Raquel!

Me giré y me fui de allí corriendo y sin mirar atrás, imagino que dejando al Guardián, al gentleman, al elegante y misterioso escritor, echándose las manos a la cabeza y puede que incluso cayéndose hacia atrás, como en los dibujos animados, al tomar conciencia de la garrula con la que había estado hablando hacía unos segundos.

Después de aquella historia, el trabajo me llevó otra vez a Segovia por otros motivos y la casualidad hizo que volviéramos a coincidir de nuevo allí. Esa vez me encargaron organizar algo especial para cerrar una convención y no sé cómo me las ingenié para que me permitieran montar un concierto un viernes por la mañana con los grandísimos The Tutsies, llegados desde Barcelona para la ocasión.
Aquel viernes, en aquella sala plenaria llena hasta los topes con directores, socios y consultores, mientras Luis daba una charla acerca del deporte de la vela y de los paralelismos con el mundo empresarial, Dani agarró su guitarra y Luis bordó esta canción, con interpretación incluida (haciendo uso de una escoba, a falta de aspirador, ya que es lo único que encontré por aquel hotel).

I want to break free

Yo creo que algunos de los altos directivos allí presentes, aún a día de hoy deben estar viendo si salen de su asombro. Ésta es otra de esas experiencias a la que también le he puesto un marquito.

A los pocos meses, cambié de trabajo y al poco tiempo, me enteré de que el Guardián también había dejado el suyo, y parece ser que en la actualidad dedica su tiempo a escribir, a lo que tan bien se le da.
Lo encontrarás por supuesto en su blog, también en su columna de la edición impresa de la revista ELLE y en algunas colaboraciones en la revista cultural Jot Down. Estoy convencida de que pronto estará también en alguna estantería de las librerías principales de Madrid.
En sus páginas, además de buenas recomendaciones culturales y de muchas historias, encontrarán eso que a muchos nos mantiene enganchados, aquello que no sabes describir y lo más parecido que lo define es la gran belleza.

Por mi parte, si algún día me lo cruzo por las calles de Madrid, creo que debería disculparme por haberme vuelta loca cuando sonó el gangnam style.


domingo, 19 de enero de 2014

De sol, espiga y deseo

A la casa de las palabras, soñó Helena Villagra, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido.

En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vivo...


  Eduardo Galeano. El libro de los abrazos




Yo no era buena en nada en concreto. Pero en mi grupo de amigas del cole, las de toda la vida, cada una tenía dones especiales, incluso algunos súper poderes mágicos. Una de ellas brillaba porque era buenísima en inglés. También era claramente la que tenía más estilo de todas vistiendo y también a la que más le gustaba salir hasta las tantas (y hasta el día de hoy, sigue conservando todas esas virtudes).

Otra siempre ganaba en los concursos de cálculo que organizaba una profesora de mates en sexto. Luego creció, hizo una oposición de las duras y quedó la número dos de España, la tía bruta. Otra de ellas, ya de pequeña era la más realista y la más resuelta para la vida. A día de hoy si le llamas, te da una solución para casi todos los problemas que le planteas. Una de las cosas que más molaba de ella era la poca tontería que tuvo siempre a pesar de que, al igual que todas, pasó por los quince, los dieciséis, dieciocho o los veinticinco, sin perder ni un ápice de su esencia.

Hay otra amiga que era y sigue siendo, todo generosidad, otra que ganó un premio de ingeniería, otra que es más buena que el pan y tan lista que, como consecuencia, se fue hace ya unos años fuera de España a construir puentes, ya que aquí somos muy de fugar al talento y quedarnos con los normalitos.
Mi mejor amiga siempre fue la más extrovertida y divertida, es de esas personas a la que todo el mundo adora desde el mismo momento en que hablan tres minutos con ella y descubren su torrente de locura luminosa.




Según ella, yo era buena básicamente en una cosa: dictándole lo que tenía que poner hacer años en los SMS.  
Más tarde y aún a día de hoy, le dicto algunos e-mail que se le atascan, pero donde más valor le aporté fue dictándole mensajes cuando aún no existía el whatsapp y utilizábamos como forma de comunicación básica los SMS de 170 caracteres.

Había por tanto que aprovechar muy bien el espacio, comprimir todo lo que queríamos transmitir y sentíamos a borbotones, de una manera “polite”.
Se producían muchos momentos memorables al respecto, cuando nos reuníamos las amigas y se creaba un “gabinete de crisis” para responder un solo SMS de algún chico que acaba de conocer alguna de nosotras y no estaba muy segura de cómo abordarle. Ese mensaje tenía que ser muy meditado. Ese mensaje valía millones y nos jugábamos la vida en él.

Entonces se hacían propuestas, se desestimaban casi todas, se borraba íntegramente el mensaje, se leía, releía, al final de tanto leerlo se perdía el sentido, nos mareábamos, discutíamos, nos insultábamos (¡vaya cursilada has dicho!, tía, y  tú qué seca eres, ¡pues tú es que vas a saco! ¡Le vas a espantar!) Gritamos, pataleamos, nos reímos y tras dos horas y media aproximadamente, el mensaje acaba pareciéndose a algo así como: “Hola, qué tal??” (Dos interrogantes, que denotan mucho interés...) “Yo estoy en casa de unas amigas y vamos a ver una peli. ¡A ver si nos vemos pronto!” (Mostrando interés y entusiasmo). “Un besote” (informal, modernote...) y un emoticono final de un guiño que denota buen rollo, ¿picardía? Total, dos horas para semejante chorrada de SMS.



Pero es que nosotras nos tomábamos muy en serio este asunto de los mensajes. Cada mensaje recibido por parte de alguien del sexo opuesto era analizado con lupa y nos poníamos más exquisitas que el tribunal de una oposición a notario.
“Uy que sosa la contestación ¿no?”, “este mensaje es un poco estándar, es un bien queda! No aporta mucho, la verdad”.

Y si había algo que mi mejor amiga y yo siempre odiamos (hemos hablado mucho sobre este tema) era cuando en algún SMS o mail se incluía un: je,je... ja,ja... ji,ji... normalmente para poner el cierre. Sobre todo, claro está, si se trataba de una persona del sexo opuesto que había despertado nuestro interés. Y ya el colmo, era cuando tras un comentario que pretendía ser jocoso o gamberrete te clavan un “Je,je.. (Es broma) J”, entre paréntesis “es broma” seguido de un emoticono, no sea caso que no hayamos caído en que se trata de una broma y nos ofendamos muchísimo. Sé que exagerábamos pero eso era motivo suficiente para plantearnos que esa relación no podía prosperar.
¿Cómo iba a prosperar una relación con alguien que no era capaz de dar la cara, de defender con valentía y hombría su frase, su insinuación o su opinión sin salvaguardarse con un je,je (es broma) J?




Un amigo, con quien alguna vez había comentado este asunto me reenvío hace un tiempo una cadena de e-mails (ya sé que esto no se hace).
Eran en realidad varios e-mails enlazados; una serie de envíos y respuestas con poco intervalo de tiempo transcurrido de uno a otro. Era una correspondencia entre mi amigo y una chica, y en ellos se vislumbraba un flirteo bastante flagrante, los vestigios de algo que empieza a florecer, de ese primer tonteo, de esos primeros momentos.

Al leer el e-mail (ya sé que estuvo mal, que no debería haberlo leído), me daba cuenta de que mi amigo se gastaba un estilo de ligoncete misterioso, en parte original, divertido y sugerente. Sus e-mails remitidos a la joven dejaban al espectador voyeur en un “Ay, ¿qué será?” Del mismo modo que dejarían (digo yo) algo desconcertada a la receptora de los mismos, palabras que insinúan pero que no dicen nada.
Ella, por su parte, se mostraba más clara, menos rebuscada y yo creo que ilusionada. Se adivinaba una chica jovial, alegre y dicharachera y puede, que algo clásica. La imaginaba en su lugar de trabajo, en su casa o desde su móvil, con un pálpito cuando se colaba un nuevo e-mail, interrumpiendo el flujo mental de su mente.

Eso sí, los correos que podrían ser de lo más dignos en cuanto a estilo de redacción y contenido, estaban plagados, infestados, mancillados con continuos: je,je,je.. jejejejejejejejeje… “Bueno, pues nos vemos pronto! Un beso! Jejejejejeje…J

¿De verdad era necesario? ¿Hace falta de verdad esas carcajadas virtuales saltando como bichos locos de PC a PC por el espacio virtual?

Aún ahora, aunque mi amiga vive lejos, hay veces en las que me llama para que vayamos juntas a la Casa de las Palabras y cojamos algunas para “pintar” algún comentario en un whatsapp, en Facebook o en un email.
Es verdad que son tonterías, minucias, pero a veces todos hemos vivido de pequeños comentarios de Facebook, que es poca cosa en sí misma pero ha provocado que gracias a ellos hayamos soñado con los angelitos algunas noches.



A veces, la única esperanza era aspirar a ocupar un buen lugar en el Facebook de aquellos cuyo pensamiento ocupó gran parte de nuestro pasado y hasta el tuétano, en momentos puntuales de la vida. Aquellos cuyo recuerdo saturó como una burbuja nuestro cerebro; cuyos comentarios o “likes” abrieron las puertas del cielo en un momento dado.

Antes de vivir en Madrid, hace algunos años, pasaba yo en taxi delante del Instituto Cervantes. Fuera diluviaba y me llamó la atención que habían colgado en la imponente fachada clásica, algo que parecían bolas de colores; cada una contenía una palabra escrita en español y era una de las candidatas a ser la palabra más bonita del año de la lengua española. Todas eran palabras muy sonoras y bellas: tiquismiquis, magia, agua, infinito, cachivache, libélula, bullicio…




Me hizo pensar en cuál es la palabra que más me gusta a mí. Creo que una de las que más me gusta es deseo, aunque me produzca algo de vergüenza confesarlo.

El año pasado, por motivos de trabajo, conocí a algunas personas que trabajaban en la RAE; Por ello visité algunas mañanas el bello edifico de la RAE para conocer a lexicógrafos, bibliotecarias y filólogos. Recuerdo que me hablaban de su trabajo de forma poco poética, a veces desapasionada, como habrían hecho muchos mortales si les preguntáramos por su trabajo.
Pero yo siempre creí que me engañaban y me los imaginaba, al irme yo, poniéndose batas blancas y probando palabras, mezclándolas, oliéndolas o maridando palabras, lo que ocurre es que en público no lo confesaban.

Ha comenzado el año y la agenda está repletita de cosas que hacer en Madrid.
Una de ellas, pasar por otra casa de las palabras, La Central de Callao el 6 de febrero a ver a Alondra Bentley en febrero. Ahí lo dejo.





lunes, 16 de diciembre de 2013

Puro teatro


“Contigo y con el teatro me pasó como a Romeo, lo arriesgué todo, me jugué la vida. Con el teatro gané mil vidas, contigo perdí una: la mía. Pero gracias al teatro resucito cada noche...
Con el teatro y contigo me pasó como a Romeo, fue todo una mentira, una farsa verdadera. Pero hay una diferencia; con el teatro sigo, porque para mí el teatro es puro amor y lo tuyo es… puro teatro”

                               

El intérprete. Asier Etxendia

Era un sábado de finales de julio y caminar por la ciudad a mitad mañana era una proeza comparable a hacer el París Dakar en triciclo o cruzar a nado el canal de la Mancha.
El asfalto se derretía al andar y el aire en la cara, era como si alguien hubiera puesto en marcha un secador de 5.000 W encima de la ciudad. Como pudimos, pasamos el día en remojo en una de ésas piscinas comunitarias, que son como auténticos oasis urbanos en Madrid.





Y lentamente fue llegando la tarde y el sol nos concedió una tregua. La tarde dio paso al suave atardecer y poco a poco fuimos recuperando fuerzas. Al esconderse el sol nos sentimos cargados de energía, nos pusimos guapos y nos lanzamos a la calle.
Donde hacía unas horas parecía que no había atisbo de vida humana, fueron brotando terrazas por toda la calle Argumosa de Lavapiés y por medio Madrid.

Sentía ese escalofrío que tengo siempre que voy al Teatro Circo Price, porque sé que algo emocionante va a pasar, algo que me dejará un retrogusto fabuloso durante varios días.
Y así fue. Presenciar El intérprete, de Asier Etxendia fue un festival de colores para eso que llaman “emociones estéticas”. Qué grande está el tío narrando su vida a través de las canciones que escuchaba desde su cuarto cuando era pequeño: allí sonaban discos que ponían sus padres de Chabela Vargas o Lucho Gatica y los que ponía él de David Bowie o los Rolling Stones, y el tío bestia las interpreta con su voz rasgada atreviéndose con todo.
No teníamos ni idea, pero fuimos a verlo el día grande de Asier. Allí estaban sus coleguitas de profesión como: Penélope Cruz, Javier Barden, Alaska, Hugo Silva, Aitana Sánchez Gijón o Pedro Almodóvar, y a todos los hizo levantarse de la silla y bailar la coreografía de Tú te me dejas querer.
Uno de los momentos más sublimes para mí, fue cuando interpreta Puro teatro, de La Lupe, y en mitad de la canción dejan de sonar los instrumentos, para de cantar y comienza a recitar el párrafo con el que iniciaba este post. Lo hace con profundo desgarro, señalando con el dedo hacia algo invisible. Lo hace transmitiendo el mismo sufrimiento en su voz que utiliza al contar como, siendo aún un niño, deseaba tomar algo, una pastilla, un antiamorol, un medicamento contra el mal amor. Esa noche y otras muchas, subido a un escenario, Asier se abre en canal y exorciza a los fantasmas del pasado: aquel colegio de jesuitas, la soledad en su cuarto, aquella relación que fue puro teatro y aquel chico que le destrozó el corazón.

Este tramo me recordó a que una vez yo también salí con un gran actor. Estando en la universidad tuve una especie de novio. Y lo suyo… fue puro teatro.
¿Qué hice cuando fui consciente de estar viviendo ese primer gran desengaño? Poner tierra de por medio, desaparecer del mapa, hacerme la interesante, irme a Londres a trabajar de camarera (todo un clásico, muy extendido hoy en día). Con la excusa de estudiar inglés, que era importantísimo para mi futuro profesional, me fui a la capital de Reunido Unido, a orillas del Támesis. El gran motivo era alejarme de todos los rincones y calles que me iban a recordar a ese actor cutre de culebrón, huir de tener que encontrármelo en cada esquina.




Y en un rincón oscuro de las motivaciones más profundas, dentro de aquel drama postadolescente que estaba viviendo, anhelaba que pensara un poco en mí y que me echara de menos. Y así que se fastidiara. Como al principio de la película Hable con ella, cuando Rosario Flores interpreta a una torera que decide enfrentarse una tarde a seis toros y desde el burladero dos hombres la observan y uno de ellos dice: “Haría cualquier cosa con tal de llamar su atención. Se dejaría matar con tal de que él la estuviera mirando” y justo en ese momento, el toro la embiste antes de fundirse en negro la escena (…)
Tiempo después pensé que a lo mejor cuando se tienen veinte años recién cumplidos y se es un poco pava, como yo, sentimos fascinación por aquellos que no nos tratan regular.
Y bueno, yo quería aprender inglés, eso era verdad, sobre todo para entender al fin, lo que decían algunas de mis canciones favoritas.

Después de aquel capítulo de mi vida, igual que Rosa Montero en La loca de la casa, cuenta el paso del tiempo a través de los libros que va escribiendo y los novios que iba teniendo, yo categoricé  a los chicos que iba conociendo y que eran susceptibles de aporrear las puertas de mi interés, en azules y rojos. Porque: “¡no le des más vueltas! La verdad es azul y la mentira es roja!”



Love will tear us apart (Joy Division)

¡Señoras y señores, bienvenidos al gran espectáculo! El teatro de la Navidad es inminente y se cuela inexorablemente en nuestras vidas un año más. Lo habrán notado porque el cd de villancicos suena en los supermercados, si vives en Madrid, lo más seguro es que tus amigos y familiares te hayan encargado un décimo de Doña Manolita y, a estas alturas, seguro que al menos ya has tenido un par de cenas de amigo invisible.
Vuelven los papa noeles haciendo “balconing”, las señoras que se despiden de ti con un: “Bueno, recuerdos a la familia y feliceeeessss…”, y los árboles de navidad en tu móvil construidos con emoticonos. Y pronto volveremos a ver a los entrañables niños de San Idelfonso, que desde que canten en euros los premios de la lotería, han perdido parte del encanto. Se trata de otra función, sí, pero mucho más amable.
En fin, que llega la Navidad otra vez y tengo una felicitación navideña para ti:

Escena favorita de Love Actually

Y aunque me dé un poquito de pereza todo el “tinglao”, este año van a ser especiales para mi hermana, para mi mejor amigo Juanjo y para grandes amigas, que se estrenan como padres. Para otros amigos que fueron más avanzados en esto de la paternidad, ya deben ser las terceras o cuartas navidades con sus retoños y puede que aún sea más molón hacer cosas que hemos hecho todos de pequeños, como ir a la cabalgata, montar el belén o acompañar en el insomnio infantil, fruto de la emoción la noche de reyes, después de haber dejado tres copitas de champán y un poco de turrón en el salón. Supongo que eso justifica todo el teatro que se monta alrededor.
Yo me dispongo, como cada año que acaba, a crear mi lista, parecida a la que hace la ancianita de la peli de dibujos Up, de “Cosas que voy a hacer”. A ver si este año al final, hago alguna de las cosas que apunto y no me quedo como siempre sólo en el mundo de la palabras.



Una de las cosas que ya he apuntado me lo vino a recordar el otro día una persona especial; Tuve el inmenso placer de escuchar la experiencia de María Belón, superviviente del tsunami en Asia. Dijo cosas de ésas que me hacen recordar que  a veces las palabras “sanan”. Salí de allí con el corazón enorme. Ojalá le hubiera podido expresar lo que disfruté, pero salimos pitando porque llegábamos tarde a la cena navideña de empresa.
Me quedo con una de las cosas que le pidió a su hijo Lucas cuando ella estaba mal herida en su camilla en aquel hospital tailandés: “Haz algo por la gente, ayuda, se te da bien”.

Antes de ponerme muy intensa, voy acabando… y no se me ocurre una canción más navideña para echar el cierre que All I want for Christmas is you, pero en versión Nancys Rubias que es más divertida, aunque mucho más desafinada.




Bones festes!

viernes, 22 de noviembre de 2013

Candi (& Co)


Always be drunk. That's it! The great imperative! In order not to feel time's horrid fardel bruise your shoulders, grinding you into the earth, Get drunk and stay that way. On what?
On wine, poetry, virtue, whatever (…)


But get drunk (Charles Baudelaire)





                                                                                  
Ha llegado el frio a Madrid. Llegó casi a la vez que se fue la basura de las calles. Yo no sé qué prefiero, la verdad. No me gusta nada el frio. Me deprime un poco y además mi piel va adquiriendo un tono gris marengo complicado de disimular, a pesar del colorete y de los múltiples trucos femeninos.
Una buena opción y más en esta ciudad, es refugiarse y entrar en calor en uno de los 15.248  bares que hay en la capital. Buscar el calor en una taza de café, una copa de vino o una buena conversación que te arrope (no hay nada más erótico que una buena conversación).
Los bares son lugares estupendos para socializar, relajarse, reír, disfrutar del mejor momento del día y conocer gente nueva. Seguro que también se puede conocer gente estupenda en la red, pero yo soy más del “cara a cara”. Incluso cuando viajas a esa ciudad soñada, tras un largo paseo o una visita pormenorizada al museé de Louvre o a los museos vaticanos, estás extasiado de arte y belleza, pero estás deseando hacer una parada técnica en algún bar, cafetería, bistro, restaurante, pub, tasca, taberna, mesón o cantina (mariachi).


Desde que vivo en Madrid, me gusta quedar con algunas amigas para descubrir nuevos lugares donde comer, picar algo o tomar una copa de vino. Nos gusta encontrar lugares con encanto pero que al mismo tiempo no sean un timo. No hace falta que te den mucho de comer, pero que lo que te den esté rico, sea original, especial, se note que hay calidad y buen gusto. Así hemos encontrado sitios muy recomendables o sitios que “ni frio ni calor”, a pesar del “packaging”.
El otro día fui con María a Panela & Co. A pesar de que sólo me tomé un café con leche y panela, tenía todo una pinta estupenda y disfrutamos de un rato muy agradable. Además, si un nombre de una cafetería o bar lleva en su nombre & Co, el nivel de “molar” se incrementa de golpe.





A veces soy yo la que lidera y otras veces me dejo llevar a descubrir sitios… Hace poco me citó mi amiga Carmen en Le Cabrera. Había oído hablar mucho de este bar pero aún no había estado. Sí que había visitado la terraza de la Casa de América en veranito (ay, añorado!!), pero no tenía nada que ver. Llegué pronto, como a mí me gusta. Me encanta llegar antes de la persona con la que he quedado sobre todo cuando no conozco el lugar. Así tengo tiempo de husmear un poco, fijarme en su flora y fauna y disfrutar del placer de esperar y de estar en un bar sola. Me arrellané en el cómodo sofá rodeada de cocteleras y me puse a mirar la carta. Un camarero encantador se acercó, hincó su rodilla en tierra y se plantó delante de mí. Por un momento temí que me sacara del bolsillo un pedrusco y me pidiera matrimonio, pero no, el elegante barman ataviado con ropa de El Ganso de los pies a la cabeza (literal, porque también lucía gorra a cuadros) me preguntó si me podía ayudar a elegir. Como era de esas personas que rezuman profesionalidad  en lo que hacen nada más verle, me dejé asesorar encantadísima y pronto me trajo un estupendo “tangerine”; una copa con vodka, zumo de mandarina, arándanos y algo más que me llevó a otra galaxia de placer gustativo.             


               
Al cabo del rato, de forma inesperada, apareció con otro cocktail y me dijo: “toma que ya te has quedado seca”. Y no me lo cobro, ojo. Chapeau. He vuelto, claro.
¡Pero basta ya de hablar de sitios estupendos! Yo aquí había venido a hablar de mi última obsesión!
Andaba yo hace unas semanas un sábado cualquiera por la calle Noviciado tras haber desayunado tardíamente y una voz nos hizo girarnos: “en casa Candi se sirve el mejor vermut de todo Madrid”. Así se llama el bar, Casa  Candi. Candi lleva literalmente toda la vida regentándolo. “Mira, en esa foto tenía dieciséis años y empecé aquí a trabajar”, dice orgulloso a todo aquel que acaba de entrar en su pequeño universo. “¡Y ahora tengo sesenta y dos!”
Casa Candi debe conservar casi exactamente la misma apariencia que el día que se subió la persiana por primera vez. Un bar con escasas pretensiones estéticas, algunas fotos y recuerdos en la pared con momentos que Candi te cuenta nada más conocerte. En la barra encontramos los clásicos: ensaladilla, aceitunas, salpicón de pulpo, torreznos, cacahuetes… El vermut, en efecto, es excelente.

¿No conocéis a Candi? Disculpad, os lo presento:



Al escribir sobre el Candi hablo desde la sensación de la que apenas conoce, de la que acaba de llegar. ¿Estaré siendo justa con mis apreciaciones?
Ese primer día que entramos, Candi nos realizó el plan de acogida consistente en presentarse, encenderse un cigarrillo: “Aquí se fuma” dijo tajante y luego hacernos una breve descripción de la velada anterior. Te dice: “Ayer se lió una aquí hasta las cuatro de la mañana. Me he acostado tres horitas y me he venido otra vez a poner desayunos. Es que vino El Tomatito con unos amigos, se pusieron a tocar la guitarra y no veas la que se armó”, dice mientras te ofrece un cigarro. Te lo cuenta todo con gran entusiasmo, poca voz, pero hecho un pincel con su camisa limpia y su pelo recién peinado hacia atrás.
Candi quiere que te diviertas, quiere que te lo pases bien porque sabe de qué va el rollo. Y sabe que se ha ganado una clientela fija, sabe cuál es su secreto, y su producto y todo eso, digo yo, sin haber hecho un MBA en el IESE ni haber recibido cursos sobre employer branding. Pero Candi desprende una energía inusitada, con su voz rota, sus muchas horas tras la barra, sus años, sus muchas copas, su toda una vida de trabajo… La verdad es que me impresiona tanta vitalidad. Si ve que el ambiente está poco animado, coge un palo flamenco, empieza a dar palmas o incluso se arranca por soleares.
Y siempre que entras en el bar, Candi se alegra como si fuera un viejo amigo. Te saluda, te abraza o te lanza un beso desde la barra.

Aquella primera vez nos señaló unos recortes de periódico que tenía en la pared de El País; en él se veía la entrevista al director Enrique Urbizu, director de “No habrá paz para los malvados”. La entrevista versaba sobre qué cosas hacía él en un día normal de su vida. Al final de la entrevista señalaba: “siempre acabo en mi afterwork favorito, el Candi”. Y doy fe de ello. De todas las veces que he estado en los últimos tiempos, más de la mitad de las veces ahí estaba el director apostado en la barra entre amigos. En realidad hablando poco y observando mucho todo lo que ocurre en el bar. Que eso es lo que debe hacer un buen director de cine, ¿no?, captar trocitos de realidad, de cotidianeidad para poder destilarlos, procesarlos y re-crearlos delante de una cámara. Candi te cuenta esta amistad tan estrecha henchido de orgullo y cierto “postureo”. “Mira, voy a llamar a Enrique a ver si se va a pasar”.  Llama al director, varios tonos después parece ser que salta el contestador y Candi decide dejarle un cariñoso mensaje: “cabrón, cógeme el teléfono…  ¡que te la pique un pollo!” y cuelga.





Ese primer día que entré en el Candi, comenzó a sonar una canción que ya me acabó de cautivar del todo. Una de las canciones en español más bonitas de todos los tiempos. Y me vino a la cabeza una frase que sale en Jerry Maguire: (Querido Candi), con el hola me tenías…



La leyenda del tiempo. Camarón

El caso es que el Candi tiene un encanto especial y siempre quieres volver. Además siempre es buen momento; después del trabajo, cuando sales de casa un sábado y vas a hacer la compra, para tomar la primera copa un viernes por la noche o para quedarte hasta las cinco de la mañana (a persiana bajada y música en directo improvisada en el interior).
Allí se concentra un público variado, últimamente gente joven, artistillas, señoras, mayores, parroquianos de toda la vida…
Igual que llegó un momento en que la decoración minimalista en blanco nos saturó, de igual forma quizás estemos saturados de tantos bares posh y entrar en Candi es como llegar a casa y quitarte los tacones o aflojarte el nudo de la corbata y empezar a ser tú mismo. Y respirar.

Abrazos y nos vemos en los bares!