viernes, 30 de agosto de 2013

Bangkok




Pasadas unas diecisiete horas entre Madrid y el caos, finalmente aterrizamos con los músculos entumecidos en el caos absoluto. Caminar por Bangkok me traía recuerdos alojados principalmente en la memoria sensorial de otros lugares y de algunos retazos cinematográficos, como aquél de Harrison Ford comiendo noodles en un mercadillo post apocalíptico.




Y los recuerdos pertenecían a otros veranos en otras capitales del mundo, en parte, igual de horrendas y contaminadas que la capital tailandesa, como fueron Delhi, Marrakech o Managua, que igualmente daban la impresión de haberse construido con descuido y sin ganas y, sin querer parece remilgada, en ningún caso podían ser calificadas de bellas. Si bien, todas ellas contuvieron rincones y escenas bellas que ahora, a miles de kilómetro unas de otras, venían a invadirme en forma de aromas o imágenes.
Se adivina que a unos pocos kilómetros de esta ciudad se esconde la belleza de paisajes más amables, naturales y reconfortantes, tan diferentes al paisaje urbano de Madrid que contempla mi mirada diariamente.

Una vez más y a pesar de los diversos viajes acumulados, seguía sin aprender y llevaba la maleta llena de ropa que no pensaba utilizar, vestidos que aguardaban su momento de gloria que no iba a llegar, ya que al final era más fácil sucumbir a vestir todos los días con camisetas y pantalón corto o vestiditos playeros y chanclas. Ir descuidada y así tener la sensación de vacaciones en todos los ámbitos. Y a pesar de ser consciente de ello, el caso es que siempre que preparo la maleta para el verano, me entra un terrible sentimiento de horror vacui.

Cuando viajamos una parte de uno se aleja sólo en sentido físico y de alguna forma se transforma. Una vez leí en un artículo que durante largo tiempo estuvo colgado en mi nevera, que al viajar se producen cambios incluso morfológicos en el cerebro. Y que se ejercita más el cerebro en un viaje de cinco días que en todo un año de rutina.
Por otra parte y quizás como consecuencia de ello, al verse alejado del run run diario, el cerebro se entretiene con escenas del pasado y es curioso que al alejarse, ciertas imágenes o ciertos recuerdos se presentan con mayor viveza e intensidad. Porque, allá donde vayas, la ciudad irá contigo (...), como citaba aquel libro que tanto me gustó hace ya unos quince años. Por eso parece tan sano poner distancia para pensar con mayor claridad.


La gente cocina en las calles; hay tantos puestecitos de comida callejera que parece increíble que haya clientes para todos ellos. Nos sorprenden aguaceros propios del monzón cada tarde. El tuk tuk que nos lleva entre el tráfico es un milagro de equilibrio. La maraña de cables de la luz que hay por todas las calles, cruje al contacto con la lluvia, pero no parece que este hecho inquiete a nadie.




El buda esmeralda es algo decepcionante, pero el buda reclinado alojado en el templo de Wat Pho es colosal con sus cuarenta y seis metros de tamaño.







Los templos son remansos de paz para el viajero. Monjes con túnicas calabazas rezan en silencio, encienden incienso, colocan guirnaldas de flores naturales a modo de ofrenda, además de poner zumo o leche con pajita delante de las imágenes del buda, no sea caso que le entre sed y no tengan un refresco a mano. Las flores de loto simbolizan en la religión budista la capacidad de renacer incluso en condiciones aciagas, como en cualquier charca horrible. Lo que en términos de la psicología actual podría corresponder al término de resiliencia.
Al atardecer y tras el pertinente atasco de treinta y cinco minutos metidos en un taxi, alcanzamos el hall del hotel Sirocco, cuya azotea desde el piso sesenta y tres prometía vistas y ambiente increíble. Pero una bella señorita con mejillas que parecían empolvadas con polvo de arroz, largas pestañas y labios púrpura nos anuncia con impecable educación y perfecto inglés que el dress code impide subir a los hombres con bermudas. Atravieso con la mirada a mi pareja y volvemos al hotel.

Tras las dos primeras noches, cogemos un tren que nos llevará al parque natural de Khao Yai, patrimonio de la humanidad por la Unesco. El tren que nos transporta se va alejando del núcleo urbano y por la ventana comienzan a colarse miles de bichos que se enredan en mi pelo, mi ropa o las páginas del libro que leo y que me tiene absolutamente atrapada Middlesex, de Jeffrey Eugenides, “un librazo”, tal y como me dijo el chico de la librería Tipos Infames. Cuando vuelva al barrio se lo tengo que agradecer encarecidamente. Me duele un poco el estomago; creo que debía haber dejado pasar algún día para que mi cuerpo se hubiera adaptado más, antes de probar las delicias callejeras y sospecho que con los mejillones fritos me la he jugado.
Me termino el café frio que estoy tomando. Me doy cuenta que el precio del café ha sido el triple del precio del billete del tren y esta certeza me inquieta un poco mientras el tren local avanza entre chirridos y saltitos.

Avanzamos hacia los diecisiete días que aún quedan de viaje. Todo lo que necesito es sentarme en la orilla de aquella playa de fina arena que en unos días hallaremos, salpicada con trocitos de coral y cangrejos blancos que se asomarán de vez en cuando de sus agujeros y se pasearán con sus graciosos bailes delante de mí. Lo que quiero es contemplar el agua azul lapislázuli e imaginar los ramilletes de coral que descubriré más tarde en una islita del sur.





Quiero ver la playa mientras me acerco con una barcaza rodeada de un paisaje formado por arbustos bajos, cocoteros y árboles frutales. Y ver desde el mar todo ese verde avanzar por toda la isla, llegando a acorralar la fina línea azul turquesa que acaricia a su vez la línea beige de arena que bordea la playa de esa isla casi virgen.
Quiero descubrir en los próximos días gamas de verde y azul que no había visto nunca antes, en el cielo, mar y bosques tropicales y de los que no poseo adjetivos aún para describirlas.

Encontré tanta belleza que en algún momento sentí pena, porque mientas estaba pasando, ya se estaba acabando...



(All I need. Air)

domingo, 7 de julio de 2013

El increíble hombre que bajó de las estrellas

"A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que lo derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en una arranque de locura, que lo machacó todo por completo. Y, sin que su furia amainara un ápice, barrió el océano, arrasó sin misericordia las ruinas de Angkor Vat, calcinó con su fuego las selvas de la India repletas de manadas de desafortunados tigres y, convertido en tempestad de arena del desierto persa, sepultó alguna exótica ciudad amurallada. Fue un amor glorioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisiete años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era una mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo." Sputnik, mi amor. Haruki Murakami.


Era una tarde de principios de verano y habíamos quedado para tomar la típica copita de vino de después del trabajo. Ese líquido púrpura que al darle el primer sorbo te dibuja una sonrisa fija en la cara al estilo joker, te produce un brillo inconfundible en los ojos y te hace tararear internamente: nananananaaaaaa.. la dolve vitaaaa… Madrid, ahí fuera, como siempre bullía en caos, pero en aquella terraza oasis en medio de la jungla de asfalto, María y yo estábamos mecidas por el aire tibio del final de la tarde y el murmullo ligero de la gente guapa. Era una tarde que sí, esta vez sí, parecía que por fin la meteorología se comportaba de forma cuerda y decidía acompasarse a la fecha que marcaba el  calendario… Aunque me equivocaba.

María me iba narrando los planes que tenía para este verano. Y no sé por qué… No sé qué conexión sináptica en su cerebro se produjo, no sé si fue el viento, o el ocaso de la tarde, o algún parecido que vio en uno de aquellos madrileños guapos y repeinados, o algún sabor diferente en el fondo de la copa de vino, me empezó a contar una historia. Era una historia casi infantil. Era del increíble hombre que bajó de las estrellas. Y no era David Bowie en aquella película.




Me hizo gracia ese comienzo. Yo que creía que no existían ya esas historias pasada la barrera de los 30, pero parece ser que sí, que ocurrió, o quizás solo estuvo en su cabeza.

¿Cómo era él?
Pues al principio le pareció un chico callado. Le conoció una calurosa noche de julio. En una de estas cenas con más amigos. Al verle, sintió un cierto mareo y mientras fue acercándose a la mesa donde estaba él hubo como un fundido en negro. Pensó: Me caigo… y luego: se me ha complicado la vida. ¿Cómo fue la velada? Estuvo bien, “como una pompa de jabón”.
Él no habló mucho, María, como siempre que se pone nerviosa, sufrió incontinencia verbal... Cenaron, ella poco y bebieron, ella mucho.

Se enamoró hasta las trancas. Como una niña, como las primeras veces. Como esa peli que viste una vez y te dejó insomne varias noches, como aquella primera vez que la besaron.
Dicen que el estado de enamoramiento se debe, ente otras explicaciones más  biológicas a una hormona llamada DHEA. Esta hormona, además de ser llamada la hormona de la juventud y de la felicidad es liberada cuando sentimos enamoramiento y produce un gran bienestar y una gran activación…su ausencia o escasez se asocia con estados de depresión. Pero no se puede estar siempre bajo los efectos de esta hormona porque es agotador y devastador.

Pronto llegaron las vacaciones y los viajes. Y María viajó lejos. Pero se coló su recuerdo en la maleta y allá donde estuvo se preguntaba continuamente: ¿le gustaría esta playa?  ¿le gustaría este plato?. Y pasadas las vacaciones siguió preguntándose muchas cosas: ¿le gustarían mis amigos? ¿le gustaría mi cara recién levantada?
Todo era un gran absurdo, pero esa intuición reclamaba su derecho a estar presente.
Pasó mucho tiempo hasta que volvió a verle, pero cada noche el ser cósmico, se empeñó en aparecerse en sueños, como un intruso, como un espía, como un extraterrestre.... No sabía ya qué hacer...






I just don´t know what to do with myself. The White Stripes

Después de aquello coincidieron en algunos lugares. En un concierto, en una fiesta de amigos en común, en una boda… Fueron siempre encuentros fortuitos, con prisa, nunca fue un buen momento para hablar. Pero ¿y él qué?, ¿sintió algo por ti?
- No tengo ni la más remota idea. El momento cumbre fue en aquella boda. Encontramos un momento para hablar tranquilamente. Aquella boda estaba en su momento climax, todo el mundo bailaba, apuraba la barra libre e incluso se había improvisado esa conga que nunca falta en ninguna boda.
Sin embargo María dejó de escuchar y percatarse de todo lo que ocurría a su alrededor y en aquella noche aquel chico algo callado creó burbujas de silencio en el desierto de sus ruidos.
Hablaron de sus trabajos, de la infancia, de música, de las bodas... Rieron… Estuvo bien.
Creo que aquella vez, noté en su voz algo de interés, pero entonces mi amiga Carola se enganchó una melopea de tres pares de narices, rompió una copa y acabó clavándose un cristal en el pie… Claro, tuvimos que salir corriendo, aquello no paraba de sangrar.

Pasó el tiempo y dejó de verle. Creo que se mudó de ciudad. Pasaron algunos años y algunos novios también. Dice la ley de la atracción, que si piensas mucho en algo o alguien lo acabas atrayendo. Así María se lo encontró de forma inesperada hace poco en las calles de Madrid. No sabe si fue el DHEA o qué pero ella notó la sangre hervir dentro de sus venas, su frente arder y algo en su interior a punto de explotar.
Él llevaba un niño en brazos y en la otra mano llevaba una bolsa con comida. María, de nuevo en ese instante se sintió muy infantil y muy conmovida ante su presencia y la de un niño que era su viva imagen... Treinta años menor.


Como todas las historias más bellas nunca pasó nada entre ellos. Dicen que hasta los huesos sólo queman los besos que no has dado. Como era un ser cósmico, María me hablaba de esta historia como un eterno desencuentro. ¿Te acuerdas del libro Cuatro amigos de David Trueba? ¿Cuándo hablan de los eclipses? Como la luna y sol. Condenados a no estar juntos.

“Cuenta una leyenda china la historia de dos amantes que jamás logran reunirse. Se llaman Noche y Día. En las horas mágicas del atardecer y el amanecer los amantes se rozan y están a punto de encontrarse, pero nunca sucede. Dicen que si prestas atención puedes escuchar sus lamentos y ver el cielo teñirse de rojo de su rabia. La leyenda afirma que los Dioses tuvieron a bien concederles algún instante de felicidad y por eso crearon los eclipses, durante los cuales los amantes logran reunirse y hacer el amor. Tú y yo también esperamos nuestro eclipse. Ahora que hemos comprendido que ya nunca volveremos a encontrarnos, que estamos condenados a vivir separados, que somos la Noche y el Día”. Cuatro amigos. David Trueba.




Volví hacia casa andando, a ver si se me pasaba un poco el efecto de las tres copas de vino. Caminaba por calles perpendiculares a la Gran vía; Barquillo, Hortaleza, Fuencarral, Tribunal, Pez  y casa.
Antes de irme a dormir, me asaltó una duda. Le mandé un wassap a María: no me has dicho cómo se llama el protagonista de tu historia.
Pasan los minutos pero no me contesta. Hace rato que no mira el móvil.
Bueno, pues lo llamaré... El increíble hombre que bajó de las estrellas, o algo más cortito, el  Astronauta. Así, en mayúsculas.


Cosmic girl. Jamiroquai




viernes, 17 de mayo de 2013

Esas “moscas invasivas”


(Post escrito para la web de mi nuevo trabajo Be-Up.


Hace poco vi una entrevista que le hacían en televisión a Candela Peña. Al preguntarle por la última película en la que ha trabajado de Isabel Coixet, decía que los protagonistas eran como hámsters dando vueltas en su rueda. Me pareció una metáfora fantástica para definir ese estado mental en el que nos encontramos todos atrapados algunas veces. Atrapados en nuestra mente, en nuestros pensamientos.





A veces nuestra cabeza se encarga de boicotearnos. Unas veces se convierte en nuestro peor enemigo y otras en nuestro gran aliado. Nuestra mente es como una lavadora; de vez en cuando se ponen a dar mil vueltas los mismos pensamientos. Y van aderezados y condimentados de nuestras emociones. Muchas veces el problema es pensar demasiado.

Si bien es cierto que pensar nos hace humanos, racionales y nos hace crecer, tomar decisiones o ser creativos, tiene también una parte negativa.


Como conté cuando abrí este blog, hace poco tuve la suerte de charlar con un directivo de Acciona que ha participado en dos expediciones a la Antártida con un trineo con el objetivo de realizar la primera travesía de la Antártida Oriental sin utilizar avituallamientos aéreos ni apoyos mecánicos. Me dijo algo que me hizo reflexionar. Pensar está bien, pero sólo hasta un punto, porque luego lo único que hace es restarnos energía y capacidad para la acción. Pensar sí, ¡pero lo justo! Porque si pensamos demasiado algo no pasamos a la acción.


Se dice que en ocasiones los pensamientos son enemigos de la felicidad. Por ejemplo, ¿cuánto tiempo dedicamos a sufrir por cosas que al final ni siquiera acaban pasando?, ¿cuántas horas del día pasamos dándole vueltas  a las mismas cosas?, ¿cómo va creciendo a veces la angustia sin sentido?, ¿cuántas veces hemos expresado alguna preocupación en voz alta y sólo por hacerlo hemos sido conscientes de lo irracional de la preocupación, de nuestros “pensamientos invasores”? 

Desde corrientes como la Psicología cognitiva, algunos autores como Seligman, hablaron de los pensamientos negativos. Son como moscas que nos invaden, quitándonos energía. Muchas veces son pensamientos irracionales. “No podré”, “soy un inútil”, “saldrá mal” o “no lo merezco”, “y si hubiera…”

En prácticas como la meditación lo que se pretende es liberarse de esos pensamientos negativos y/o obsesivos y centrarse en el ser, en este preciso instante. Seguro que hemos escuchado muchas veces: Céntrate en al ahora ¡porque el mañana no existe! En terapia también existen técnicas para gestionar estos pensamientos negativos y reformularlos en pensamientos más racionales y adaptativos.


En estos tiempos que corren, donde la realidad nos puede llevar con más facilidad a generar pensamientos negativos constantes, hay que hacer un esfuerzo personal por transitar los caminos de la positividad. Existen otras corrientes que afirman que esos caminos de la felicidad también los construyen los hábitos de nuestros pensamientos. Por tanto, acostúmbrese a pensar en positivo… dentro de un tiempo su cabeza tendrá esa tendencia de forma natural. Acostúmbrese a circular por los circuitos de la felicidad y a auto gestionarse los pensamientos negativos. Ponerles nombre y apellidos ya puede ayudar a gestionarlo mejor.




(She´s a rainbow. Rolling Stones)

domingo, 28 de abril de 2013

33

Y si todo va tan bien y si toda va tan bien… ¿por qué este dolor que siento? (Los Planetas)

Dentro de unos días cumplo treinta y tres tacos y voy a intentar evitar añadir la coletilla, “la edad de Jesucristo”. Bueno, se me ha escapado.
No sé si a todo el mundo le pasa lo mismo. A mí me ocurre que me veo siempre exactamente igual, aunque sospecho que la gente que hace tiempo que no me ve pensará que me hago mayor, al igual que me pasa a mí cuando me encuentro con casi todos ellos. Creía también que al crecer iría ganando en autoridad y seguridad en mí misma… Pche, pche.


La Costa Brava. Treinta y tres


El pasado sábado acudí con unas amigas a una sala de Chamberí, el Caravan, un sitio bastante chulo donde hacen continuos conciertos, pinchan música de los 80 y afortunadamente las copas bajan de los diez euros. Era llamativo, eso sí la juventud de la clientela. Fácilmente yo estaría en percentil .85 de los mayores del lugar. A veces me siento muy mayor y a veces me siento una cría. Sin términos medios.


De repente pusieron la canción de Cristina y los subterráneos: “Cuando crees que me ves cruzo la pared, hago “chas” y aparezco a tu ladoooo”... Hacía un siglo que no escuchaba esa canción. Una amiga y yo comenzamos a bailar emocionadas la una frente a la otra con amplios gestos de manos y brazos especialmente en el momento del “hago chas”. Me percaté de ciertas mirada de algunos “veintipocoañeros” y en ese momento me recordé un poco a las típicas señoras que en las bodas viven su momento de gloria en el centro de la pista cuando el dj correspondiente pincha las típicas canciones del comienzo del baile (Dancing Queen, Quince años tiene mi amor, It´s not unusual, de Tom Jones, etc.) Tú en ese momento estás haciéndote fuerte en la abarrotada barra libre a la espera de que vayan dejando hueco para los “jóvenes”, y cuando por fin consigues tu Absolut limón observas desde la barra y te da un pelín de risa.


A veces no te das cuenta de que las cosas cambian porque estás tú mismo viviéndolas en primera persona, pero todo cambia, nada es… Lo único constante es el cambio.


Desde hace un tiempo me da por imaginarme a mí misma hace uno o dos años y pienso qué cara habría puesto si entonces alguien me hubiera anticipado que en breve ocurriría esto o lo otro. Habría alucinado.


Si me hubieran dicho que, al venirme a Madrid recuperaría a una amiga que tuve en Londres, de aquella época que me fui a trabajar de camarera unos meses, tras aquellos dos años que pasé preparando el PIR y que al no aprobar pensé que había tirado mi tiempo a la basura.


Si me hubieran dicho que este año en una ocasión le daría clase al mediático, guapo y educadísimo controlador aéreo, que haría un proyecto en “la Casa de las Palabras”… Si me hubieran dicho que mi hermana me anunciaría que pronto me hará tía y que mi gran amigo (otro Peter Pan) del alma me haría tía postiza también. Si me hubieran contado que me ofrecerían irme a trabajar con una persona a la que admiro profesionalmente desde hace años y por fin, cambiaría de vida.


Si me hubieran contado las casualidades, los momentos, el sueño de una noche de verano…


No me lo hubiera creído, claro.


Dijo Steve Jobs en su famosísimo discurso de Stanford, que a veces los puntos se unen. Los puntos se unieron. Y la vida a veces es muy perra y normalmente va pasando, sin más, con sus problemillas, sus rutinas, sus alegrías, sus días grises y soleados. Pero a veces, como dice Alejandro Jodorowsky, ocurren milagros y “actos poéticos”. Y hay que ser consciente de ellos para cuando vengan las épocas aciagas.


Sólo a veces hay pequeños destellos de luz y sientes que estás en la cima del mundo. Sólo puedes estar agradecido y en paz con la vida. Y te apetece bailar como una loca y hacer mucho el ridículo.


Acechan los 33. Acechan más patas de gallo. Se avecinan cambios “ilusiontes”.


Chchchchchchchhchchchchchc… Changeeeseeees!!





 David Bowie. Changes

domingo, 14 de abril de 2013

Ruta Malasañera


Cuando empecé vivir en Madrid hace un año y varios meses, poco sabía sobre los barrios de la capital, más allá de lo que te suena de toda la vida, del Monopoly y de los fines de semana que había pasado aquí y que casi siempre consistían en pasear por la Latina y tomar una copa al atardecer en El Viajero.


Los amigos que viven o vivieron en esta ciudad, me habían contado historias terribles sobre lo que suponía buscar piso en Madrid; historias de lugares casi insalubres, de caseros despiadados, de agujeros enanos en los que vivir, donde casi había que agacharse para entrar en casa, como el la peli “Being Jon Malkovich”.

Mi piso lo encontramos a la tercera visita. Ya estábamos bastante desmoralizados con lo poco que habíamos visto, pero apareció este piso pequeño y céntrico; “Demasiado céntrico”, dijeron dos personas que nada tenían que ver entre sí el mismo día. Era pequeño, blanco y acogedor,  y al entrar vi que a través de la ventana se divisaban al fondo unos arbolitos y una chimenea humeante. Nos encantó. Allí nos quedamos a vivir.

Cuando tuvimos tiempos para ubicarnos, nos dimos cuenta de que nuestro hogar estaba al lado de la ruidosa Gran Vía. Ahora procuro evitar en mis rutas a pie esa arteria congestionada de tráfico y mareas humanas y camino por San Bernardo o me meto a través de mi barrio favorito: Malasaña.

Hay un millón de sitios en Malasaña a los que ir. Voy a comentar algunos que en los últimos tiempos visito con más frecuencia, pero hay infinitos más.

Mi sitio favorito para quedar últimamente es un café que se llama La Bicicleta. Es un sitio para todo: desayunar, brunch (puñetero término...), comer, trabajar (o workplace, que mola más), quedar, hacer o ver exposiciones o tomar un copazo al atardecer o al anochecer…. Todo ello con un ambiente 100% malasañero, con gente de todos los colores y con una estética algo decadente. Fabuloso.
Existe otro lugar especial, donde predomina el diseño y la estética, que últimamente siempre enseño a todo aquel que pasa de visita por Madrid, para que vean que mi barrio tiene sitios elegantes y vanguardistas: Kike Keller. Es un bar de copas y sobre todo sala de exposiciones de nuevos diseñadores en un espacio único. La decoración y los artistas que exponen van cambiando a menudo. Para mayor aliciente, la última vez que lo visité, los camareros vestían camisas vaqueras y faldas escocesas con muchísimo estilo. No todo el mundo se lo podría permitir, claro.

Tipos Infames (qué gran nombre ¿eh?), es un café librería, donde encuentras gran variedad de títulos y autores conocidos, además de narrativa independiente. Todo ello regado con un café, o mejor, una copa de vino.

Existen pequeñas salitas donde se come increíble a buen precio y en un entorno agradable: El Cocinillas, Mari Castaña y, como último fichaje: la Tape.

Una amiga me habló hace unos meses de una opción cultural que me pareció muy original, una fórmula que ha tenido y tiene mucho éxito y atrae a un montón de público y actores más o menos alternativos, que aunque estén trabajando en obras, teatro, TV o cine, se dejan caer por el Micro Teatro para representar alguna obra de quince o veinte minutos. Un concepto novedoso en micro salas; teatro breve, cervezas y caras conocidas. Micro Teatro por dinero.

Algunos lugares para cenar, permanecen inalterables al tiempo y las modas y están siempre llenos porque se lo merecen; pertenecen al mismo grupo: la Musa y Ojalá. Si se echa mucho de menos el mar, en la parte de abajo del Ojalá, puedes hundir los pies en la arena de playa mientras cenas.

Una de las primeras veces que salí por la noche en Malasaña, me llevaron a una sala donde nada más entrar respiré el espíritu de los ochenta, época que tanto me hubiera gustado vivir teniendo veinte años, se trata del bar de Antonio Vega, El Penta. Allí se escuchan canciones del pop español más ochenteras y también más actuales. Todo en español. Una frase de la canción Lucha de Gigantes, corona toda la barra: “Dime que es mentira todo, un sueño tonto y no más”. Cuando llevaba tres minutos dentro ya supe que me había ganado para siempre. Posee un defectillo habitual de los bares de Madrid; siempre está a reventar. Siempre. Supongo que por su carácter de santuario de la movida y del gran Antonio Vega.


Bares, qué lugares…

Hay miles de bares y lugares especiales más que componen este barrio cósmico de Malasaña. Pero tampoco quiero ser pesada, tampoco quiero vaciarme del todo. Poco a poco. He puesto varios de lo mejorcito. Pero lo mejor está por llegar.

Con todo, el lugar y el momento más especial de este barrio para mí fue éste; Fue en julio, una noche de mucho calor, íbamos en chanclas, compramos una pizza y unas latas de cerveza para cenar en la calle. La plaza de San Idelfonso estaba llena de gente, en las mesas y sobre todo en corros en el suelo. Había también grupos de amigos que se sentaban en los bancos o en las escaleras de la iglesia. Parecía que estábamos en la plaza de un pueblo. Sentados en el suelo, mientras cenábamos, un artista callejero nos hacía reír con imitaciones y malabares. Lo recuerdo porque, fue de esos momentos en que mientras está ocurriendo eres perfectamente consciente de que eres feliz en ese preciso instante. No hace falta que pase el tiempo para valorarlo.

martes, 2 de abril de 2013

La primavera ha llegado a la ciudad


Así es. Segunda primavera en esta ciudad. Escribió un conocido en su blog (uno de los pocos que sigo, por cierto) que Madrid le recuerda a una mujer a la que “le gusta la farra….” Es verdad... no nos engañemos. Creo que hay gente que necesita que le pasen cosas y gente que quiere que no pase nada, que nada altere su equilibrio (virgencita virgencita…) yo me voy moviendo entre ambas opciones y dependiendo también de en qué faceta vital, me afilio más a una u otra. Pero cuando se cumplió mi sueño de vivir en Madrid, hace poco más de un año sabía que me urgía que pasaran cosas nuevas. En este periodo de tiempo indeterminado, en esta tregua o prórroga (digo yo) antes de que la presión social y biológica me aboque a la maternidad sin remedio, tengo la sensación de querer exprimir la ciudad al máximo, de conocer cada rincón y de que nuestra vida se complete con gente estupenda. En ello estamos.

La primavera me recuerda a canción de Facto Delafe o Delafe a secas, como se llaman desde que uno de los miembros decidió volar por separado. Me siguen gustando sus canciones. Esta primavera ha empezado con disco nuevo: De mí sin ti. Sus canciones son como tomarse una clarita con limón y unas olivas mirando al mar. Mar Mediterráneo. También me recuerda a mis amigos. A los treintañeros. A días en la isla hueca, ya sabéis... cambia el paisaje, cambiamos nosotros, cambiamos atardeceres en el mar por atardeceres entre los edificios de Madrid, pero las sensaciones son parecidas. 

La incipiente primavera después de este crudo invierno promete momentos especiales. La pasada primavera descubrí el placer de algunas veladas en las terrazas del cielo madrileño, un lujo. Algunas como la terraza del hotel Ada en la Gran vía o cerca; la de hotel Room Mate Óscar. Uno de los mejores atardeceres lo vi donde menos lo esperaba. En la cafetería de la azotea del Corte Inglés de Callao. La pregunté a un amigo con muy buen gusto, sus rincones favoritos de Madrid y uno fue la susodicha cafetería, sentado en una mesa frente al ventanal panorámico. Tenía razón. Bastante sublime. En ese momento estaba dando un paseo y disfruté de la solitude.

Aunque han hecho muchas, y muy buenas canciones después, dejo una de las primeras canciones que escuché de Facto Delafe. Mar, el poder del mar

(…) La primavera ha llegado a la ciudad y no sabes lo bien que me sienta mamá… 



martes, 26 de marzo de 2013

Comienzo

Desde hace tiempo vengo maquinando la idea de tener un blog. Cuando digo tiempo me refiero a años. Siempre me planteaba de qué podría tratar mi blog. Creo que no lo puedo ceñir o reducir a alguna temática concreta. Al final, he superado la "parálisis por el análisis" y he aplicado la máxima de una persona que conocí hace poco y a la que admiro muchísimo. Dijo: "pensar lo justo". Y estoy convencida de que si él hubiera pensado mucho más, no habría realizado una expedición a la Antártida, bueno dos, con otro par de locos, a bordo de un trineo (emulando a los esquimales) tirado por una cometa. Esta persona es Igacio Oficialdegui, y mi admiración, además de por lo obvio; el reto, la proeza o como queramos llamarlo, surgió por la sencillez, la poca pose que tenía este hombre, sus mil aristas y su capacidad para desempeñarse en ochenta cosas a la vez: energía eólica en Acciona, Médicos Mundi, padre de familia, estudiante, etc. Todo con una elegancia y un entusiasmo que me hizo reconcilirame un poco con la magia de la vida, que ultimamente se empeña en aparecer poquito, al igual que el sol en Madrid, en este "eterno enero" (como dirían los Love of Lesbian, aunque estemos ya a finales de marzo). Así que ya está. Hecho. Sin más. Pensar lo justo. Este primer post va dedicado a Ignacio, a la lección que me dio, así, sin habérselo planteado. Le dedico también uno de mis textos favoritos y dejo un trozo de vídeo de la expedición. Pura magia.
"La única gente que me interesa es la que está loca la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo. La gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas" Jack Kerouac.